Autor: 8 Noviembre 2008

Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan

En los inicios, cada vez más oscuros, más lejanos, se encuentran Lady y Pres en lo más dulce de su carrera, cuando viajaban en un autobús nuevo, de cromado reluciente, por las carreteras interminables, de estado en estado, y tocaban en los mejores clubes de jazz de toda la nación. La película que vi en una noche del invierno soriano estaba interpretada por la genial Diana Ross. De los días de gloria al descalabro, la agonía de la decadencia y el triste anonimato de sus últimos días. Pero importaba entonces, y ahora, aquel autobús, la figura de Lester Young con el saxofón en la mano y ella, la gran diva, en un viaje por las carreteras interminables de Estados Unidos. En otro momento, y lo de menos es la sucesión temporal, aparece American Graffiti. Los coches que pasean sin fin ni sentido por las carreteras de la ciudad, el Hombre Lobo radiando canciones por las ondas de la emisora local, la noche del último verano, y todo lo que se queda allí. Lo que haya podido venir después son añadidos de importancia menor, aunque algunos de extraordinaria calidad, tal Las uvas de la ira de John Steinbeck, algunas otras películas, todas las canciones de Elvis Presley, o una juventud que miraba a otras latitudes.

29 de julio de 2008.

A Chicago llegamos a eso de las dos de la tarde después de muchas horas de avión, dos registros de seguridad en los aeropuertos y las preguntas del funcionario de Inmigración. Stefan Zweig dice en su autobiografía que hubo un tiempo en que no eran necesarios los pasaportes. Hoy en día, con la histeria que nos atenaza, la afirmación parece casi una broma molesta. Después de obligarnos a descalzarnos, quitarnos los cinturones, vaciar todos los bolsillos, pasar un detector y dejarnos cachear por partida doble, después de haber viajado durante unas once horas, más los tiempos muertos de los aeropuertos, llegamos a la ciudad que se quemó en 1871, y a la que se dirigieron los mejores arquitectos para reconstruirla y para seguir marcando la fisonomía de una ciudad y una gente.

 

30 de julio de 2008.

A las 6 de la mañana, la ciudad ya se encuentra en pleno bullicio: la gente camina a paso ligero, firme, decidido, y presuroso, por entre los edificios de cristal de las calles Madison, Jackson, La Salle, o Wells. Visten pantalón oscuro y camisa blanca, casi todos sin corbatas, o traje negro corto de dos piezas y camisa blanca también, ellas. Colgada del hombro, la mochila, un complemento ya imprescindible en los días de trabajo en cualquier ciudad americana de tamaño mediano. Por encima de nosotros, el tren cruza el vacío entre el hierro, el acero y la ligereza casi imposible de los rascacielos. Al cruzar por en medio de calles estrechas, los pilotes de cemento, las escaleras de madera y hierro, crean una atmósfera de misterio, y de arrabal.

 

1 de agosto de 2008.

Son las ocho cuando bajamos por la Avenida Wabash, que se va vaciando de gente y de edificios cuanto más avanzamos hacia el sur. Esto es una constante en la ciudad. Cuando por la mañana nos dirigíamos al 1449 de la Avenida Michigan, veíamos cómo desaparecían poco a poco los magníficos rascacielos, los edificios de apartamentos o las oficinas, y aumentaban los solares vacíos, con hierbas que delatan la permanencia del vacío. Al llegar a la antigua sede de la compañía de discos Vee Jay, nos encontramos con un edificio abandonado, cuyos huecos en algunos ventanales los ocupan tablones de madera. Hubo un tiempo en que esa zona congregaba el mayor número de discográficas de blues. Ahora solo queda el recuerdo, un local vacío, unas maderas y unos números en rojo que solo significan algo para quien lo sabe y lo busca.

La noche temprana es plácida. Nos vamos acercando al 754 de la Avenida Wabash, sin habernos acercado al 4339 de Lake Park, a visitar lo que fue la casa de Muddy Waters, por si acaso solo encontrábamos ruinas y recuerdos olvidados. Los cristales del local están sucios, más que polvorientos, y dejan entrever las mesas de billares en medio de un amplio salón vacío, pintado de azul oscuro, apenas iluminado. Dentro, las mesas se ordenan enfrente del escenario, la gente come y bebe sin prisas, en el escenario un grupo de jovenzuelos acaban las últimas pruebas de sonido. Las paredes del club están repletas de recuerdos de músicos de blues legendarios. En una de ellas, un póster con una reproducción de una versión musical de los cuatro presidentes norteamericanos tallados en piedra. Los sustituyen cuatro grandes músicos de blues: Muddy Waters, Elmore James, Big Bill Broonzy y Sonny Boy Williamson. En otras, fotos firmadas por Eric Clapton, o Steve Ray Vaughan, ropa del propio Buddy Guy, algunas guitarras suyas, recortes de prensa y otros recuerdos que intentan camuflar el aire de nave industrial del club sin conseguirlo del todo, pero tampoco sin llegar a agobiar por el recargamiento en la decoración.

2 de agosto de 2008.

La estación está en lo que empiezan a ser las afueras de Chicago, pero no tan lejos que no podamos llegar andando, arrastrando las maletas. El paisaje cambia después de pasar de largo unos jardines sin nombre y la circunvalación que distribuye los coches que salen de Chicago. El camino lo marcan viejos edificios de apartamentos, las zonas en sombra de los puentes que crean las rondas y circunvalaciones, los solares vacíos. Por la calle, el aumento de personas con maletas viejas, mochilas y bolsas delatan la cercanía de la estación. En la puerta, hay grupos de negroamericanos e hispanos, también hay policía, varios coches y algún que otro taxi. Dentro, la gente espera paciente en la cola que avanza con fluidez. El bar se confunde con la sala de espera y con las zonas de taquilla. Los carteles están escritos en inglés y español. De las puertas que dan a las dársenas parten colas de viajeros, sentados en sus maletas, de pie otros, algunos en el suelo. Hablan entre sí en voz baja, se preguntan quién sabe qué, se saludan. Delante de nosotros, un grupo de mexicanos acompañan a dos jovencitas que viajan hasta El Paso, en Texas, en un viaje que les llevará varios días, algunos cambios de autobús y en el que tendrán que pernoctar en dos o tres estaciones, mientras esperan el autobús de enlace. Cuando llegue el que nos lleva hasta San Luis, primera parada de nuestro recorrido, se despedirán con bastante aparato sentimental de la abuelita, los papás, las primas y las sobrinas. Ninguno se marchará de la estación hasta que el autobús no abandone el recinto. A pesar de que salimos con un retraso de hora y media, nadie pierde la paciencia ni el buen humor. La conductora, una negra rechoncha y bienhumorada, nos repite que en cumplimiento de las leyes federales está absolutamente prohibido beber y fumar, y por supuesto, también decir obscenidades o gestos obscenos. Esto lo repite hasta cuatro veces.

San Luis es una simple parada técnica entre Chicago y Springfield. La estación es vieja y está atestada de gente. Predomina el polvo. Las paredes, el suelo, el mostrador de la oficina, las sillas y las mesas muestran señales de dejadez y edad. En una esquina, un rimero extenso de enchufes; la gente, sentada en el suelo o de pie, espera la recarga del teléfono móvil o del portátil.

A la estación llegamos después de atravesar un suburbio de solares acotados por vallas de alambre. Al salir, enfrente, justo al lado de unas naves hay varios taxis estacionados. Un hombre negro se ofrece a llevarnos, aunque carece de taxi. Por el camino nos contará que perdió el suyo y que sus compañeros le ayudan permitiéndole que haga viajes con la furgoneta destartalada y mugrienta en que nos lleva al hotel. Enciende el vehículo con una tijera que saca de la guantera. Durante el trayecto, no sé si porque es su forma de ser o porque intenta disimular la impresión causada, no deja de contarnos historias sobre la ciudad, de hablar de fútbol, baloncesto o béisbol. Desde la ventana del hotel contemplamos el cauce enorme y reposado del Misisipi, el río que vertebra los Estados Unidos desde su nacimiento en Minnesota hasta su desembocadura en Luisiana, cuando forma un delta y la tierra se convierte en manglares y zonas pantanosas de agobiante calor húmedo que distorsiona la percepción en algunos casos. Del Delta del Misisipi proviene el blues que luego, con la gran emigración negroamericana, subió hasta Chicago volviéndose más eléctrico en el camino.

3 de agosto de 2008.

El autobús suele dividirse en zonas muy definidas. Delante suelen ir las personas mayores. Al fondo los negros jóvenes y las mujeres que viajan solas con críos. Entre medias, los demás, cuando encuentran sitio. En la primera fila va una señora mayor que hace punto de cruz en un tapiz, y que no puede disimular la peluca que le oculta los años. A su lado, otro negro, de unos sesenta años, de gesto serio, pero simpático en su forma de ser. Lleva una pequeña bolsa de la que sacará durante el viaje un melocotón, y un jersey de lana con la bandera de los Estados Unidos bordada en la parte izquierda del torso. En otro asiento de la primera fila, un niño de unos diez años que viaja solo y está a cargo del conductor. Conforme nos vayamos acercando a Springfield, irá contándole a su madre las calles que dejamos atrás. A su lado un hombre de media melena amarillenta, voz cavernosa y pausada, y dedos sucios de nicotina. En cada parada bajará para dar unas caladas al pitillo. Habla mucho con el conductor pero no logra cruzar dos frases con un paquistaní embebido en una consola de videojuegos. En las paradas suben y bajan varios soldados. El autobús es el medio de transporte elegido por el gobierno para que soldados o ex presidiarios se desplacen. Los primeros llevan enormes macutos en los que guardan el uniforme y la ropa de civil. Los presos, por el contrario, solo llevan una bolsa que es una red de malla fina en la que guardan lo poco que se llevan de la cárcel.

La estación de Springfield, en mejores condiciones que la de San Luis, vuelve a estar en un suburbio, rodeada de talleres de reparación de coches y naves en que cargan y descargan las mercancías de los camiones.

4 de agosto de 2008.

El hotel es pequeño, pintado en amarillo, al pie de una carretera, en medio de la nada. No muy lejos hay una gasolinera, algún que otro restaurante, y poco más. Por fortuna, cerca del hotel, y en un lugar donde hay un semáforo para poder cruzar, encontramos una parada de autobús. Es casi el inicio de la línea, y apenas hay gente. Nos bajamos en la estación central. Es pequeña y la componen dos marquesinas acristaladas. La ropa raída y demasiado vieja, el color polvoriento de las caras, las manos amarillentas indican el grado de pobreza de algunos de los pasajeros. Otros son inválidos en sillas de rueda, con bastones o muletas. Uno de ellos, está invadido por el bocio, por decirlo de algún modo. El de más allá apenas se puede mover de lo que pesa, y suda de manera anormal. Hay un chaval que tiene que acercarse el teléfono a menos de un palmo de la cara para lograr leer los mensajes. Un grupito de chicas jóvenes, pero muy rollizas, ríen bobamente mientras miran cómo pasa la gente. Quien más quien menos lleva un vaso con algo de bebida.

Caminamos por el centro, bajamos por una de las calles principales. Al fondo, unos solares, enfrente unos edificios abandonados, más allá, grúas que delatan una obra de restauración. Por la calle, algunos vagabundos deambulan sin saber qué hacer. Volvemos a la plaza y encontramos una cafetería en la que tres clientes y dos camareros dejan pasar el rato. Es un local espacioso, de techo alto, ladrillo en las paredes y mesas y sillas de madera reciclada. También hay algunos sillones de cuero y estanterías. Comunica por una abertura en la pared con la biblioteca municipal, equipada con dos hileras largas de ordenadores, y decorada con un estilo minimalista que le aporta la sensación de amplitud. Hay bastante gente, ocupada sobre todo en consultar su correo electrónico. Salimos a la calle y volvemos a la ciudad polvorienta, de edificios descuidados y desocupados, la carretera que se aleja vacía, el silencio y la ausencia de gente. Algo más allá encontramos la zona de tiendas, apenas dos calles en las que se esparcen cuatro comercios, entre varios más ya cerrados por quiebra o traslado.

5 de agosto de 2008.

Para salir de Springfield hacemos tres transbordos en autobuses municipales. La conductora del último es parlanchina y nos pregunta de dónde venimos, qué hacemos en los Estados Unidos, y a qué nos dedicamos en la vida mientras nos aventura por carreteras de polígonos industriales reconvertidos en locales de almacenamiento y naves abandonadas. Cuando nos bajamos, aquella mujer continuó su ruta fantasmal con un autobús vacío que presumiblemente no se llenaría en toda la mañana. Springfield se aleja ya con toda la soledad que acumula una ciudad deshabitada y oculta. Hay la vida compulsiva y pública de Chicago y la más oculta y esquiva de ciudades como Springfield y algunas otras que encontraremos durante el viaje.

En la estación un hispano de constitución recia pajarea; al poco se le une Rob, un chaval joven, delgado, de expresión asustadiza y confusa que necesita estar al lado de alguien. Salen y entran continuamente para fumar. Cuando se acerca la hora de subir al autobús, Rob trata de buscar otro amigo que le haga compañía en su espera sin fin en la estación. Dos novios acompañan al padre de ella que se marcha hacia el Suroeste, ataviado con su sombrero de ala ancha, unos vaqueros raídos y una mochila batida en numerosos viajes.

Ya cerca de Tulsa la carretera se desdobla en cuatro carriles en cada dirección. Comienza a aparecer la geografía civil de los extrarradios urbanos, pensados para la circulación continuada de coches y camiones. Pasamos varias bifurcaciones, torcemos hacia la derecha varias veces, circulamos por debajo de rondas elevadas y dejamos atrás algunas rotondas hasta llegar al costado este de la ciudad. La estación es un edificio no muy grande con un par de dársenas donde los autobuses se estacionan el tiempo necesario para descansar y dejar que los pasajeros hagan el trasbordo.

El motel es uno de tantos como los que aparecen en las películas. El edificio solo tiene dos plantas y todas las habitaciones dan a la calle. La disposición de las habitaciones da una sensación de independencia y soledad. En el motel puede entrar y salir quien quiera y como quiera una vez que ya ha pagado la estancia. No es de extrañar que en algunas películas en las habitaciones ocurran historias de amor furtivas o secuestros, torturas, momentos angustiosos de incertidumbre que desembocan en la muerte o en la huida. Además el motel engaña con la sensación de casa propia pues la habitación da a la calle y siempre que uno sale o entra ha de cerrar o abrir la puerta principal. Dentro, la cama, el baño, un salita a veces, el frigorífico, el microondas y el armario sin puertas crean una sensación extrañamente hogareña, como si uno pensara que va a pasar allí varios meses. Los horizontes amplios que el viajero puede ver desde la puerta o desde la barandilla del primer piso le transmiten un extraordinario sentido de libertad y de inmensidad que le hace soñar que uno puede encontrar su lugar en la vida.

Por el entramado de carreteras que van a desembocar en la ciudad, los coches van y vienen, salen de los centros comerciales o entran en los aparcamientos de los restaurantes. No hay nadie por las escasas aceras, la vida bulle en el interior. A los lejos, el horizonte limpio del previsible paisaje verdecido de una tierra que se extiende sin término. En un pequeño núcleo de restaurantes, cafeterías y tienda de licores, se esconde un restaurante japonés. Adentro, unos clientes, que imaginamos asiduos, piden en la barra algunas de las especialidades. Después de la cena, en la habitación, vemos Centauros del desierto, una película que en su austeridad sobrevuela por encima de las hueras pretensiones de tantísimas otras.

6 de agosto de 2008.

El viaje discurre por una autovía en medio de la pradera de suaves ondulaciones y verde amarillo del verano, donde la carretera se estira hacia el infinito y asciende y desciende por las dóciles lomas que configuran el paisaje monótono del Medio Oeste. Los campos han sido ya segados en su mayoría y las alpacas de paja, que aquí son cilindros que se desenrollan, quedan esparcidas por el campo a la espera de que las recojan. Hay tráfico pero nunca es excesivo. Las motos se suceden en grupos de cuatro o cinco. Se mueven con soltura coordinada, como si interpretaran un ballet sincronizado, y muestran una grácil seguridad. La Harley Davidson es una moto construida para pasear y disfrutar del paisaje, y no para correr. El ronco sonido del motor relaja. Los motoristas suelen vestir cazadora de cuero sin mangas y pañuelo atado en la cabeza. Algunos camiones, de morro chato y cabina alta, pasan a nuestro lado a velocidad sostenida. Transmiten una sensación de seguridad y fuerza. El viento azota las lonas de los remolques y quiebran el silbido ronco del roce del viento contra las carrocerías.

7 de agosto de 2008.

Oklahoma ciudad es grande, espaciosa, ocupada en su centro por rascacielos enormes que albergan oficinas, aparcamientos y restaurantes. La calle es poco menos que una sucesión de personas apresuradas y abstraídas, pocos fumadores y algún que otro mendigo. Paseamos sin mucho orden, pasando varias veces por los mismos lugares. A pesar de ser día laborable apenas hay coches ni gente. En la zona alta de la ciudad el monumento a las víctimas del atentado de Oklahoma, un poco más abajo, el museo de arte de la ciudad, en el que se expone una temporal de estatuas grecorromanas prestadas por el Louvre, y en la que faltan todas las que han hecho de la estatuaria de la Antigüedad algo grandioso.

Las ciudades americanas, con la excepción de Nueva York, Chicago y alguna otra más, están formadas por grandes avenidas pensadas para los coches con pequeñas aceras, donde las hay, pues no es infrecuente encontrarse que en determinado lugar, casi siempre alejado del centro, la acera se acaba sin razón alguna, y que quinientos metros más adelante, también sin razón aparente, vuelva a aparecer. A los americanos no les importa caminar por la hierba o por el asfalto alquitranado de los aparcamientos. Se cuenta que ningún vaquero caminaba si tenía una cabalgadura. Lo mismo ocurre hoy en día. Nadie camina si puede ir en coche.

La tarde la pasamos en un café del llamado Bricktown, una zona en la que se reúnen los restaurantes, bares y cafeterías. Desde el ventanal inmenso del café vemos el cielo límpido, veteado de algunas nubes, y las pandillas juveniles que recorren las calles en busca de alguna pequeña diversión. No muy lejos se encuentra el estadio de béisbol, en cuyos bajos hay varias tiendas de ropa deportiva y restaurantes. Más allá, los multicines; debajo, el canal por el que pasean algunas barquichuelas con turistas. Es una tarde, entre tantas otras, de verano.

La escena de las pandillas me trae a la memoria American Graffiti, la primera, y en cierto sentido la mejor de las películas de George Lucas. No ha sido el único pero sí quizás el que mejor reflejó, dentro de los límites de la ficción, la juventud americana. Anteriormente, West Side Story relataba un suceso en la vida de dos pandillas neoyorquinas. Lucas hace desaparecer todo signo de conflicto social y se centra en lo que significa, para la juventud de la América rural, la posibilidad de marcharse a una ciudad donde la universidad, el alejamiento de la familia y las nuevas amistades, abren nuevos horizontes quizás hasta entonces solo soñados o imaginados. La película destila nostalgia, la de un mundo que se pierde porque los protagonistas pasan de la adolescencia a la juventud, a excepción de John Milner, el moderno cowboy que se queda allá conduciendo su viejo Ford amarillo por las carreteras vacías de la ciudad que paulatinamente se irá volviendo más fantasmal. John Milner huyendo por la Avenida Reno hacia ningún lado, dejando atrás los edificios e internándose en el inmenso campo ya segado mientras sus amigos esperan en el aeropuerto provinciano a que el bimotor despegue y los lleve a la Costa Este. Así era entonces y así puede seguir siendo ahora. Los chavales pasean por Bricktown sin más horizonte que el cine y la pizzería. Saben que eso acabará el día que logren entrar en alguna universidad alejada de su ciudad.

De repente el día va nublándose. Desde el refugio que supone la cafetería contemplamos el amontonamiento de las nubes, más densas y grises a cada momento. En breve, descarga una tormenta de verano que se acaba de manera tan súbita como empezó.

8 de agosto de 2008.

«Aún quedan cowboys, pero no van por la carretera» reza un cartel que nos encontramos a la entrada de Stockyards City, pequeño núcleo comercial donde los lunes y martes aún subastan el ganado y uno puede encontrar una buena cantidad de ropa vaquera, tiendas en las que se amontonan en hileras sin número botas camperas de todas la hechuras, pieles y colores, sombreros Stetson y Remington, camisas y pantalones vaqueros, y cinturones con enormes hebillas plateadas. Ya no se ven caballos. Los han sustituidos por Chevrolets con tracción a las cuatro ruedas o por viejos modelos de Ford que aún mantienen. El mundo del vaquero es ya un recuerdo, una presencia que se ha desvanecido, y que mantiene solo el perfil delgado recortado contra el horizonte; en el cinto, el revólver de cachas nacaradas; no muy lejos, el caballo.

 

9 de agosto de 2008.

En la estación, un par de mozos de carga se ocupan de las maletas de quienes ya han llegado a su destino y las de quienes inician el viaje, o como nosotros, simplemente lo reanudan. Hay una lentitud intemporal y despreocupada en sus movimientos No es casualidad que todos sean negroamericanos. A veces, cuando uno está largo rato observándolos, cree que repiten los movimientos de sus antepasados en las plantaciones de algodón o en la construcción de los diques que escoltan el Misisipi en su recorrido por el sur hasta llegar a su desembocadura en el Golfo de México. Repiten las mismas cadencias lentas y cansinas, como si hubieran acumulado todo el cansancio de los esclavos y de los obreros de los diques y del ferrocarril.

En la estación varios de los viajeros tienen tatuajes enormes, incluso en el anverso del brazo y en la palma de la mano. Uno de ellos lleva un anzuelo brillante enorme en la visera de la gorra. Un jovencito negro, con trenzas en el pelo recogidas a lo largo de la cabeza ovalada, y los dientes superiores enfundados en oro, lleva unas deportivas de colores naranja y azul impolutas. Parecen recién estrenadas. No es el único; es muy frecuente que lleven los pantalones raídos o descoloridos y las camisetas arrugadas, y al mismo tiempo que las deportivas estén relucientes y apenas muestren señales de haber sido utilizadas.

Durante el viaje a Amarillo la vegetación ha ido cambiando. De las verdes praderas de Misuri y Oklahoma hemos pasado al campo desierto de matorrales bajos y tierra, a veces roja, parduzca otras. El color se vuelve verdoso amarillento. Hay rebaños de vacas pastando cerca de las charcas dispersas que salpican la inmensa llanura. Las fincas enormes están acotadas por lindes de alambre. A los lados de la carretera, clavados en postes antiguos se yerguen incansables viejos carteles deslucidos de la Ruta 66, la que popularizaron John Steinbeck y Nat King Cole. Durante parte del recorrido viajamos en paralelo a ella.

10 de agosto de 2008.

Enfrente de nosotros se extendía la carretera silenciosa, ondulada, vacía, escoltada por una sola hilera de edificios viejos de paredes desconchadas, lunas polvorientas e interiores sin gente en los que, al menos es lo que se ve desde afuera, se amontonan infinidad de objetos dispares, percheros viejos, cestos de paja mugrientos, sillones de cuero rajado, espejos que han perdido ya el lustre, vasos de todas las formas y colores imaginables, de cristal grueso o fino, soldaditos de plomo, ropa arrugada y descolorida, faldas de vuelo y pantalones entallados de colores parduzcos, mapas descoloridos o ropa para moteros. Estamos en la zona histórica de la Ruta 66, donde hace muchos años estuvo el pueblo San Jacinto, un pequeño corredor en la parte este de las afueras de Amarillo. En el pasado fue una zona próspera, aunque no vemos moteles y solo dos o tres restaurantes, alguno ya cerrado desde tiempo atrás.

Es domingo por la mañana y no hay apenas tráfico.En el aparcamiento de la iglesia hay bastantes coches estacionados. Un poco más allá, J’s Cafe, un restaurante de toda la vida, repleto de clientes a quienes las camareras conocen de siempre. Todos van endomingados. Nos llama la atención el anciano con la bandera de los Estados Unidos estampada en la camisa y el Remington enorme, que ha colgado en el perchero. Más allá, más matrimonios mayores que no se privan de las salchichas, los huevos a la plancha y las tortitas con sirope de arce. En una esquina, un hombre ya entrado en años con la que seguramente es su madre, una señora muy anciana, algo temblona, con labios finos cubiertos de carmín que se diluye por las arrugas del labio superior. En la zona de fumadores, curiosamente, solo hay algunos matrimonios jóvenes de hispanos que destacan entre tanto atildamiento porque visten camisetas sin mangas y vaqueros raídos. Se distinguen también porque los estadounidenses son mayores, altos y delgados mientras que los hispanos son jóvenes, más bajos y además van camino de la obesidad. Nos sorprende que entre la gente mayor no veamos la gordura deforme que va siendo demasiado corriente ya entre los jóvenes. Los ancianos observan un régimen alimenticio que los mantiene en forma. Los jóvenes han perdido esa sabiduría alimentaria y al menor descuido se convierten en almacenes de grasa andantes.

Salimos al pueblo fantasmal que escolta la carretera silenciosa y nos dirigimos hacia el oeste. Caminamos un par de horas mientras dejamos atrás un polígono industrial donde quedan los restos de viejos talleres, varios concesionarios de mudanzas y locales de copas que abren o cierran a horas intempestivas. Llegado un momento —los rascacielos recortados contra el horizonte claro; dos azules superpuestos: el acerado de los edificios, el celeste algodonoso de la tarde temprana— la carretera desciende y pasamos bajo un puente de hormigón, uno de tantos que han conformado el paisaje americano, y con él la cultura urbana y su reflejo, el cine. A lo lejos oímos un locutor de radio cuya voz me recuerda la del Hombre Lobo (Howling, Prowling Wolf­man Jack, se hacía llamar, y nadie lo llegó nunca a ver). Hay un revoloteo en una ventana abierta. La ciudad está desierta en la tarde de domingo. Las calles se abren ante nosotros amplias y silenciosas, mustias en cierto sentido. A lo lejos vemos el edifico de la compañía Santa Fe, una armazón alta e imponente, construida con ladrillos, de color crema. Cerca hay algunos restaurantes que lucen en sus fachadas luminosos antiguos, como el de Capitol. No muy lejos, en la estación de autobuses, se agrupan varias personas que esperan la llegada de un autobús que los lleve lejos de allá. Nosotros volveremos mañana y repetiremos la rutina de estos días. Volveremos a las salas desapacibles, a la gente que espera y que charla sin conocerse de nada, gente que llevan en tres maletas todas sus pertenencias, que viajan porque lo necesitan o porque no saben hacer otra cosa. Afuera, en la dársena polvorienta, los mozos se afanan en su trabajo y los conductores recogen los billetes. Mañana volveremos a escuchar a alguien que hable español. Hoy, sin embargo, paseamos por la ciudad de edificios que no alberga a nadie, la ciudad por cuyas calles no circulan coches, ni motos, y no se oye nada que no sea el viento arremolinándose levemente en las hojas de los árboles.

11 de agosto de 2008.

El conductor tuerce a la izquierda y deja la primera calle de Tucumcari para llegar hasta el apeadero, entre restaurantes de comida rápida. Atrás dejamos la autovía, una carretera cada vez más monótona y un paisaje que se va desertizando por momentos y en el que aparecen las primeras plataformas de tierra rojiza dispersas a lo lejos. La vegetación cambia y ya no es la de monte bajo. Ahora predominan las plantas sarmentosas, de colores parduzcos o verde ceniciento, desperdigadas por la llanura. Comenzamos a ver los primeros valles erosionados, aún recubiertos de vegetación casi seca. Taludes enormes de pie estrecho se levantan en medio de la nada, solitarios y desiertos. Las alambradas señalan las lindes de los ranchos cada vez más enormes. Los perfiles solitarios de los altos molinos de agua, con sus aspas detenidas se levantan con periódica irregularidad durante el viaje.

A media hora está la calle principal, la antigua Ruta 66 —cada vez más presente, aunque sea breve e intermitente—. Caminamos hasta llegar a ella porque en recepción nos han advertido de que en el pueblo no hay ni taxi ni autobús. Por suerte la calle 1 está completamente asfaltada. Desde los pocos coches que pasan a nuestro lado nos miran con extrañeza. La carretera se difumina hacia el este y el oeste. Un motorista se aleja sin cesar hacia el este para volver y hundirse en el oeste. El pañuelo azul de estrellas que cubre su cabeza ondea con fuerza. Algunas personas caminan por el borde sin asfaltar de la carretera. Buscan algo o no tienen coche. Unas chicas parecen pasear pero se dirigen a un taller de reparaciones. Allí les espera un Chevy algo viejo pero puesto a punto. Los moteles se alinean a lo largo de la carretera. Todos tienen la misma estructura de casitas de una sola planta y recepción en medio. Los construyeron entre los años veinte y cuarenta cuando el tráfico de este a oeste era intenso y tanta gente abandonaba sus casas para buscar un lugar más acogedor donde hubiese negocio para todos. Algunos viajaban por necesidad, otros por gusto, porque hay algo en los estadounidenses que los impulsa a viajar, como dijo una vez John Steinbeck. Sabemos de esto por Jack Kerouac, pero cuando él, a finales de los años cincuenta se embarcó en varios viajes por los Estados Unidos, aquello ya había entrado en decadencia. Aún se mantienen los moteles, con sus luminosos en el borde de la carretera. Por el día parecen ocultarse y querer pasar desapercibidos: quizá sea el color desvaído que han ido adquiriendo como una pátina que va adornándolos mientras pierden el original. Algunas bombillas ya no lucen y otros luminosos han apagado ya su brillo para siempre, pero aún quedan varios, y todos tienen la seguridad de que siempre habrá alguno encendido, de que las luces no se apagarán para siempre mientras haya un solo viajero que decida cruzar el país en su moto o en su Ford o Chevy. Puede que el tiempo de los Pontiac, los Cadillac y los Buick haya desaparecido para siempre, pero siempre habrá otro modelo dispuesto a revivir la gran aventura por las carreteras infinitas.

De entre todos los moteles destaca el Blue Swallow. Construido en los años treinta y remozado en los sesenta, no ha perdido su esencia originaria. Por las noches la gente suele charlar un rato en el patio, las sillas son rojas y contrastan con el azul intenso de las paredes. Más allá, o más acá, se encuentra una tienda de tatuajes que ya ha cerrado, varios bares, como el Trails West Lounge o el Lizard Lounge, decorados con madera, luminosos de cervezas y otras bebidas, mesas de billares y futbolines. En una esquina permanece la estructura vacía de lo que fue una casa de empeño. Los cristales, polvorientos, protegen lo que ahora es vacío y en un tiempo fue un negocio próspero.

12 de agosto de 2008.

El centro de la ciudad está desierto. Las calles están mal asfaltadas y ni siquiera mantienen el nivel. Las aceras aparecen y desaparecen entre hierbajos y piedras. El cine Odeon es un edificio viejo. La pintura cae descascarillada al menor golpe de viento. Hay una furgoneta roja aparcada enfrente. En letras pequeñas, también rojas, anuncian un estreno. Los escaparates de los edificios contiguos están vacíos. Un poco más allá, otro ha ardido y las lenguas de humo aún ensombrecen la fachada. Algo más adelante, un letrero mínimo anuncia un restaurante nada más torcer la esquina. Lena’s es una casa de comidas familiar regentada por una familia de mexicanos, que sirven las especialidades de su país adaptadas a los clientes del lugar. Los huevos rancheros que hemos pedidos los empapan en chile verde, la hamburguesa la sirven envuelta en una tortilla de maíz. Es un lugar al que acuden los que trabajan en las cercanías: una señora mayor oronda, varias oficinistas, tres granjeros jóvenes, una madre de raza india con su hijo que no para de observar a los jóvenes, fascinado por la indumentaria de estos. Mientras comemos, entra un vaquero alto y desgarbado, flaco, que se detiene frente a la señora mayor y conversa con ella durante un rato. Luego se dirige a una mesa, se descubre la cabeza y con un movimiento ágil y elegante se sienta en el sillón de cuero sintético. Unas niñas corretean por la cocina, entran en el almacén para llevar harina, recogen las mesas, y ríen durante todo el rato. Más que trabajo, para ellas es diversión. Quizás dentro de unos años, cuando aún continúen en la misma casa de comidas y sigan sirviendo los mismos platos a la misma clientela adopten el aire adusto de su hermana mayor, o quizás de su madre. La carretera se despliega gris e inacabable ante nosotros. A lo lejos el puente y las carreteras de servicio que alejan a los viajeros de la ciudad. El calor golpea una tierra seca y agrietada y la calima alza un velo cristalino en el horizonte. Algunos perros ladran a lo lejos, y por la carreta los pocos coches que circulan se pierden en el horizonte incierto. ■ ■


Una respuesta to “En busca del espectro del Hombre Lobo”

  1. Un viaje de verano « Ventanal de arenas:

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