Autor: 11 noviembre 2008

Juan Pedro Aparicio
El juego del diábolo
Páginas de Espuma, Madrid, 2008

A la ya concurrida nomenclatura (minicuento, microrrelato…) que pretende definir el género más exiguo de la prosa, Juan Pedro Aparicio añade una aportación más, relato cuántico, atendiendo a que la cantidad de energía es «proporcional a la frecuencia de la radiación emitida o absorbida», o lo que es lo mismo «el cuántico más pequeño sería aquel que contuviera una materia oscura más grande». Como se sabe, el principal mecanismo del género es la elipsis, y los cuantos escapan a la «física convencional o newtoniana».

Presentado como complemento o reflejo de su compilación anterior, La mitad del diablo, la relación no se limita a la gradación de mayor a menor extensión y viceversa, sino que en esta segunda colección se problematiza el constreñimiento que supone atenerse al juego malabar de inventar relatos sujetos a tan estrictas condiciones. Así, las visitas al psiquiatra que interpretará sus sueños de narrador-nadador tienen por objeto liberarle de la angustia que le supuso concluir el libro anterior, de trescientos treinta tres relatos, la mitad del número de la bestia; también al concluir este se confesará vacío, consumido.

Lo más original del conjunto resultan los aplicados ejercicios de revisión y reinterpretación. Y si la referencia a la especulación sobre la obra de Van Gogh es prácticamente la misma de un relato a otro, sin demasiadas complejidades, salvo la relación con Dorian Gray, en otras ocasiones las variaciones temáticas resultan de lo más enriquecedor: el detective privado que engaña a su mujer tiene su complemento en el detective privado que descubre que su mujer le engaña; el muchacho que se evade imaginando un viaje en tren no está muy lejos de la muchacha que finge un novio con el que se cartea; el padre criminal que ayuda al ascenso policial de su hijo proporcionándole pistas sobre sí mismo guarda relación con el militar que aleja a su hijo de su regimiento para no verse obligado a enviarlo a primera línea del frente, o con el asaltante que descubre que el vigilante es su padre, al que liquida para evitar broncas en casa; los minúsculos habitantes de la piedra del mechero están emparentados con los minúsculos habitantes de la selva en miniatura de bonsáis; los protagonistas de la peli porno que abandonan sus acrobacias para contemplar los escarceos de dos espectadores guardan relación con el protagonista que manda apagar la proyección ante la ausencia de espectadores; los siameses intercambiando orgasmos están próximos a los tramposos siameses jugadores de ajedrez o a los gemelos que intercambian sus personalidades tras acabar la guerra civil; la versión de Cuatro corazones con freno y marcha atrás que supone el relato del rejuvenecimiento hasta la gestación ofrece otra perspectiva en el atisbo fotográfico de los futuros yoes de un niño de diez años o en el viaje en el tiempo de un ángel de la guarda; la chiquillada del muchacho que conduce en sentido contrario se asemeja por un lado a la felicidad de otro muchacho que decide acabar en coma, y por otro a la sed de venganza que obsesiona a un escarnecido conductor de coches de choque; la antropofagia apocalíptica se corresponde con la antropofagia vegetal gestada por un científico vegetariano. Y la lista podría continuar. No todas las variantes ofrecen las mismas calidades, como ocurre con los dos relatos dedicados a las setas.

Esta tendencia al merodeo no se circunscribe apenas a la producción propia, y como ya es una constante del género se aprovechan múltiples referencias para que las reverberaciones de otras voces apuntalen la precariedad comunicativa de su exigente anorexia. Ya el primer relato, como es de rigor, supone un irónico homenaje al dinosaurio de Monterroso. Los ecos de Borges están presente en un par de relatos que tratan el tema del ajusticiado: en uno, el momento de la detonación se detiene en el tiempo para permitirle al reo vengarse de su mujer y su amante; en otro, tres condenados redactan mentalmente la mejor novela de la historia. El mandarín de Eça de Queirós se reencarna en el genio del cajero automático, y el desenlace enriquece al original. También nos encontramos con especiados remedos de relatos medievales, chinos y orientales, sin olvidar a Sherezade o al rey desnudo.

Otros temas a destacar, muy presentes en la obra de Aparicio, son: los conflictos sentimentales o de pareja; el sexo como instrumento del deseo, venganza o represión, incluso tras la muerte; la épica del deporte, más allá de la mera competición; la metaliteratura; la evocación de la felicidad infantil; la crítica a los políticos y a los críticos; las guerras y la destrucción, incluidas las preocupaciones medioambientales; la lírica o reflexiva personificación de objetos; las paradojas resueltas casi siempre de forma trágica.

El filón es inmenso y los resultados desiguales. No obstante, lo que abunda es un más que excelente nivel: Lealtad, El trino, Imágenes en el espejo, El anhelo cumplido o El descenso justifican el merecido prestigio de su autor en estas lides.

Y aunque lo usual en este género es dejarse tentar por la fantasía, la alegoría, la reflexión o el lirismo, tampoco faltan representantes de un sobrio pero certero realismo avant la lettre.

Tanto en tan poco.

Ángel Alonso


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