Autor: 13 Noviembre 2008

Natalia Carrero
Soy una caja
Caballo de Troya, Barcelona, 2008

El primer libro de Natalia Carrero es un estupendo ejercicio, más propio de un taller literario que como producto de librería. Quizá sea ese parte del encanto con el que juega la «novela», por llamarla de alguna forma. Nadila, la protagonista de la historia, es el alter ego de Natalia Carrero, una joven con inquietudes literarias que acude a un taller. Allí le recomiendan la obra de la escritora brasileña Clarice Lispector, adalid de literatura psicológica, difícil e intimista.

Sobre esta base, Nadila va construyendo su primer libro, que resulta ser el mismo que el lector tiene entre las manos. El eje vertebrador es la biografía y la obra de Clarice Lispector, lo que podría hacer pensar en un ensayo de carácter literario, pero el desarrollo de Soy una caja implica a la propia narradora que, al ir descubriendo a Clarice Lispector, se descubre a sí misma como una caja donde queda mucho que introducir, y también algunas reflexiones que sacar.

El hilo argumental se desvía constantemente en uno y otro sentido: bien al personaje de Clarice Lispector, bien al personaje de Nadila. Porque al fin, Nadila es la protagonista verdadera de Soy una caja. Una chica recién emancipada de sus padres, que trabaja en una tienda con un jefe descuidado, decide dedicarse a la literatura, aunque no sabe por dónde empezar. A continuación, la lectura de las obras de la escritora brasileña hará que su perspectiva cambie, que de algún modo encuentre un camino a seguir. La excusa para montar la estructura narrativa está levantada. Natalia Carrero lo que hace es desarrollar sus ideas sobre la literatura, alrededor de la excusa mencionada.

En este sentido y vuelvo a incidir en ello, Soy una caja actúa como una obra escrita en un taller literario. La escritora utiliza toda clase de registros para llevar adelante la historia de su búsqueda de literatura: dibujos que ilustran sus ideas o pensamientos, una obra de teatro en tres pequeños actos, acotaciones constantes entresacadas de obras de Clarice Lispector, fotocopias de manuscritos, un artículo periodístico, fotografías de objetos, utilización del estilo epistolar y de entrevistas figuradas con la escritora fallecida, uso de diferentes tipografías según la función en la obra, y muchas reflexiones sobre el acto de escribir.

Lo más valioso puede que sea el frágil equilibrio que consigue guardar en todo momento entre su lado ensayístico y su lado más ficcional. Soy una caja es un cúmulo de pensamientos sobre la dudas que plantea el papel en blanco al escritor que empieza, sobre el hecho de escribir para que otros lo lean, sobre la naturaleza de la literatura… pero también es la historia de una joven que duda ante el mundo. Nadila acaba de emanciparse y ha de aprender a vivir sola, sin apoyo paterno. Tiene que afrontar problemas poco literarios, pero necesarios también porque forman parte de vivir. La consciencia de su existencia como ser humano independiente tiene un papel esencial.

El libro, además, contiene tres capítulos en los que la autora-personaje habla con Clarice Lispector. Las conversaciones parece que giran en torno a la literatura, y lo hacen, pero también sobre el papel de la mujer, los sentimientos, el prestigio, la carrera editorial… Y es que los recursos técnicos de la obra de Natalia Carrero son enormes. Agota gran número de posibilidades estilísticas, y no pierde por ello la unidad de su voz.

El riesgo de su apuesta estriba, quizás, en eso. En que su voz no dice nada, al margen de su pensamiento. Lo que tampoco está del todo mal, pero no cumple una función verdaderamente ficcionalizadora. El tono es agreste, de lectura cuidadosa si no se quiere perder el hilo. El mundo que propone Soy una caja se agota en sí mismo y se apoya en una referencia muy clara: el personaje real de Clarice Lispector que se recrea y se hace más real incluso. Pero es difícil saber por dónde pueden ir los próximos libros de Natalia Carrero, dada la impronta autobiográfica de este y la ausencia de narración externa y diferente del laberinto interior tejido por la autora. El despilfarro técnico parece, en ocasiones, que encubre una falta de ideas narrativas para elaborar una historia completa. Tantos fuegos de artificio se quedan a veces en humo y ceniza. Veremos cómo evoluciona porque, aun con lo señalado, lo cierto es que Soy una caja funciona.

José Ángel Gayol


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