Autor: 14 Noviembre 2008

Eloy Sánchez Rosillo
Oír la luz
Tusquets, Barcelona, 2008

Existe una poesía elegiaca que nace de la pérdida o de la despedida y tiene en el pasado su horizonte; en ella rememorar es una forma de persistir, el poema es portavoz que restituye experiencias. Y existe una poesía elegiaca del ahora, que celebra el ritmo natural de la vida y la presencia de elementos visibles; las cosas son y están. A esta segunda categoría pertenece el extenso poemario Oír la luz, de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1949), que inicia itinerario con Maneras de estar solo, título reconocido con el Premio Adonais en 1977, y que ha compilado buena parte de su lírica en Las cosas como fueron (Poesía completa (1974-2003). Un libro posterior, La certeza, obtuvo en 2005 el Premio Nacional de la Crítica.

Pero el cántico no supone acercarse a la naturaleza de lo contingente con la mirada limpia de una ingenuidad en estado de pasmo. La conciencia es testigo del fluir renovado de la claridad y se acerca al prodigio de lo diverso con el bagaje cognitivo deparado por el acontecer existencial. Lo percibido se ensancha con los recuerdos, puntos de encuentro entre pretérito y presente, aunque estos provengan de cicatrices. El acontecer de los días compone un destino en el que se manifiesta la sensibilidad para captar cualidades e impresiones.

La muerte, con su carga semántica de finitud y tristeza, convierte a quien observa en un ser vulnerable, desplazándose en un territorio de luces y sombras. Así sucede en el poema «Madre», donde el contenido biográfico refuerza su verosimilitud como expresión de una voz poemática en primera persona. Sánchez Rosillo transciende una circunstancia concreta de su niñez, que el lector puede conocer en el liminar de Poética y poesía, una breve antología editada por la Fundación Juan March, en la primavera de 2005. Pero el doloroso suceso se contempla a distancia, desde el sosiego de los años, con sentida emoción, conservando inalterable la gravedad del impacto. En «La escondida fuente» y en «La verdad» se indaga en la naturaleza del dolor para borrar las quejas aceptando que el sufrimiento es parte de un equilibrio precario consustancial al hombre. Más que la idea cristiana de la resignación o el afán moralizante, el poema promueve un vitalismo que resiste ante el abandono: a pesar del dolor, la vida sigue.

El acto de sentir define una actividad de superficie que conecta sujeto y entorno. En «los trabajos del alma» se medita sobre la espiritualidad, como si un soplo autónomo de la voluntad se moviera en el interior del sujeto, realizando invisibles recorridos. El argumento alienta una carga filosófica proclive a la transcendencia. Pero el transcurso general del poemario prefiere el sondeo de lo cotidiano. En ocasiones los textos recurren a la evocación, como en los poemas «Gallos», «El sol de la mañana» o «Grillos». Otros poemas analizan el sentido de la escritura y los límites del decir; lo metaliterario no desarrolla argumentaciones teóricas; para el yo poemático existencia y escritura son sinónimos; el poema se abre a la realidad, teje ámbitos y vivencias de una iconografía personal y llena su equipaje de signos en los que se reconoce. Unos versos de «Conmigo» pueden servir de ejemplo de lo expuesto: «Me aproximo al que acaso soy, a ese / que intuyo o sueño y se me desdibuja / en confusos afanes a menudo».

Varias composiciones son trazos visuales; el poema se convierte en acuarela para que los sentidos tomen posesión de formas y contornos. Se busca la belleza en lo inmediato: unas nubes, el jardín, unas flores, el mirlo, o el inesperado paso de una muchacha. No faltan los textos de gran implicación sentimental; es magistral el tratamiento del amor en «El viaje» que al mismo tiempo proclama el individualismo del arte. También hay exhortaciones que definen una postura vital ante lo adverso y refuerzan la persistente búsqueda de un equilibrio que permite proseguir sin desmayo. Heterogénea y diversa, la decepción somete a un desordenado aprendizaje.

La transparencia es una cualidad paradigmática en la estética de Eloy Sánchez Rosillo que emplea materiales de uso como la voluntad formal y la hondura. Es una actitud compartida, por ejemplo, con el trabajo pictórico de Ramón Gaya, afecto sostenido del poeta murciano, a quien dedica «Porque nada termina», una de las piezas mayores del libro. Poesía depurada, de apariencia sencilla, que preserva temas y preocupaciones y nos acerca a un mundo emocional que hace de cada día un instante único; palabras que salen al paso para escuchar la luz.

José Luis Morante


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