Autor: 20 Noviembre 2008

Raúl Brasca (Buenos Aires, 1948) estudió Ingeniería química. Ha publicado una importante obra como antólogo, narrador y crítico literario, actividad que ejerce en el diario La Nación. Su último libro de microrrelatos se titula Todo tiempo futuro fue peor (Thule, Barcelona, 2004). Entre las muchas recopilaciones de textos narrativos brevísimos que ha compuesto solo voy a citar tres: De mil amores (Thule, 2005); Antología del cuento breve y oculto (Sudamericana, Buenos Aires, 2001), y la reciente Comitivas invisibles. Cuentos breves de fantasmas (Desde la gente, 2008), las dos últimas realizadas en colaboración con Luis Chitarroni. Está considerado como uno de los mejores autores de microrrelatos del mundo hispano y como tal figura en las mejores antologías sobre el género. Todas estas piezas son inéditas.

Déjà vu

1

La pareja joven está en el parque de diversiones. Ella quiere entrar en la Space Mountain, vertiginosa montaña rusa que recorre el espacio interestelar en la oscuridad. Él no quiere, le da miedo. Discuten y ella entra sola. Él, humillado, siente que esa mujer lo hace vivir en continuo sobresalto y desea intensamente que lo abandone. Cuando la mujer vuelve de su travesía la mira ofuscado y no le habla. Ella dice, extrañada, que ese momento que están viviendo le resulta familiar, como si fuera repetido. A partir de entonces, inexplicablemente, reemplaza la adrenalina de la aventura por la costosa afición a las piedras preciosas. Él no lo lamenta. Oscuramente, sabe que su deseo se ha cumplido.

2

La caverna es profunda y oscura, dicen que está habitada por los muertos. Él quiere entrar. A ella le da miedo. Discuten y él entra solo. Aún le queda mucho por descender cuando advierte que ha pasado demasiado tiempo y que quizás afuera merodean animales feroces. Regresa por la mujer, pero desea intensamente cambiarla por otra. Cuando sale, la mira ofuscado y no le habla. Ella dice, extrañada, que tiene la sensación absurda de haber vivido ese momento y que ya no siente miedo. Desciende con él hasta la entraña misma de la cueva. A partir de entonces, inexplicablemente, deja de adornarse con piedras multicolores y se aficiona a cabalgar pterodáctilos en la noche. Él lo acepta con entusiasmo. Oscuramente, sabe que ha cumplido su deseo.

Teoría sobre el cambio climático

Si todas las grandes ciudades se levantan en el hemisferio Norte, si todo el cemento y el hierro del Sur se traslada allí. Si tanta masa del Sur que va al Norte no se compensa con algo: ¿cómo quieren que no se dé vuelta el planeta y tengamos papagayos en la Patagonia y pingüinos en Cancún?

Equilibrio térmico

Mantenía la cabeza fría y el corazón en llamas. Su cuello estaba estiradísimo por el esfuerzo.

Incomprensión

He demostrado la existencia del alma. Sé que el alma existe porque tengo conciencia de que he muerto. Pero los otros no me creen: todos esos muertos sin conciencia no me creen.

Vínculo indisoluble

Una mujer que no quiere a un hombre. Un hombre que no soporta que la mujer no lo quiera y la asedia. La mujer que cultiva atentamente su indiferencia hacia el hombre. El hombre que, estratégicamente, deja de asediarla. La mujer que advierte su necesidad de que el hombre la asedie y lo provoca. El hombre que vuelve a la carga satisfecho. El hombre y la mujer que se miden y se eligen como rivales. Para toda la vida.

Hombre que piensa

Pienso en las migraciones. La magnificencia de una enorme bandada que de golpe levanta vuelo para recorrer medio planeta, el intimidante abandonar la caverna de millones de murciélagos en busca de condiciones más benignas, la monumental traslación de las ballenas que cruzan el océano para reproducirse, la entereza de los grandes pueblos que atraviesan el desierto para alcanzar una ribera.

Pienso, más precisamente, en la multitudinaria compañía que vence a la soledad: en el ruido de muchas alas, en la felicidad de abrigarse unos a otros, en la alegría de ir todos en la misma dirección.

Porque quiero poder siempre seguir a la manada, no ser nunca un ave vieja que sucumbirá al invierno, ni un murciélago al sol que desespera, ni una ballena en la playa mientras el agua se aleja, ni un hombre triste que ha perdido el paso y mira impotente cómo se le va el mundo.

Ser uno mismo

El auto va a 140 kilómetros por hora por la ruta 56. Súbitamente, la noche se ilumina y el mojón del kilómetro 32 destella en la pupila del conductor.

De alguna manera, ellos le transmiten que no va a sufrir, que solo van a copiarlo con fines experimentales. Lo introducen en la máquina. No siente nada. Solo el débil ronroneo de los circuitos por los que viaja la información exhaustiva sobre su memoria, sobre sus sentimientos, sobre las marcas que le ha dejado vivir, sobre todas y cada una de sus moléculas. Al cabo de un rato, siente hambre e, instintivamente, hace el ademán de tomar un caramelo de los que tenía sobre el asiento del acompañante.

El auto a 140 kilómetros por hora deja atrás el kilómetro 32 de la ruta 56. El conductor acaba de asombrarse por el súbito relámpago que iluminó la noche diáfana y estrellada. Tiene hambre y se lleva a la boca un caramelo que tomó de la butaca de al lado. Se siente extraño, como si no fuera él mismo, como si estrenara la vida.

Instantánea

No se trata de captar el instante y fijar la imagen en la retina. Mucho mejor es que se interrumpa un momento el flujo de lo que sucede: el caballo inmóvil en actitud de plena carrera, el pájaro congelado en vuelo, la lluvia detenida en el aire. Y saber que no es vacilación de la mirada.

La fugaz inmovilidad de lo que siempre se mueve es dramática, posee el horror de una muerte inconclusa y la belleza de la eternidad. Lo eterno solo puede cristalizar en el instante, donde la experiencia del tiempo es imposible. ■ ■


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