Autor: 22 Noviembre 2008

Juan Bonillo

Tengo delante una fotografía de Carlos Miralles, en la que el poeta Leopoldo María Panero empuña un cuchillo con cara de único superviviente adulto de una catástrofe planetaria. Así que el gesto amenazante —el cuchillo está en una posición que igual puede encarar a un enemigo exterior que al que habita al propio poeta— parece dirigido a una patulea de niños a la que se quiere asustar —o quizá solo recomendarles: si crecéis, os pasará lo que a mí. Claro que esto puede ser una sugestión producida por el hecho de saber que Panero tradujo Peter Pan. La pose del poeta —tan importante para la relevancia de su nombre como su poesía— tiene algo de enternecedor, pues a fin de cuentas no ha habido ninguna catástrofe planetaria que haya aniquilado a todos los adultos y haya dejado a Leopoldo María Panero como emperador de un planeta de niños asustados. Pero también algo de ridícula —toda vez que sabemos que el cuchillo no va a dirigirse hacia quien lo sostiene: una pose perdonable en un poeta adolescente, que es lo que Leopoldo María Panero ha sido siempre. ¿Hay algo más enternecedor que un Rimbaud viejo ejerciendo de adolescente intratable? Aceptemos que resulta cansado saltar su comba, pero aceptemos también que ello se debe a que, mientras el poeta se ha quedado en esa edad en la que Rimbaud todavía confiaba en los gestos rebeldes y amenazantes, en la estrategia de escandalizar, nosotros hemos dejado ya muy atrás ese país pletórico y miserable que es la adolescencia. Aceptemos pues, que ya no es un poeta para nosotros, porque sigue siendo un poeta para adolescentes.

Lo que me lleva a la adolescencia en la que yo también leí admirado sus libros de poemas breves, amenazantes, de imágenes escabrosas e inmensas oquedades desgañitadas. Teoría, Last River Toguether, Narciso son sus títulos. Todavía viaja en mi lista de libros buscados la primera edición de Por el camino de Swann, y recuerdo nítidamente el momento en que el nombre de Leopoldo María Panero saltó a mis manos en las páginas de la revista La Luna de Madrid, con un cuento que me pareció entonces formidable, «Paradise», acerca de un tipo que se pasaba la vida en el metro buscando un amor y recaudando imágenes siniestras. La prosa de Panero es menos potente que su verso, y su verso menos potente que sus episodios biográficos y sus anécdotas escandalosas y su participación como actor en las películas realizadas sobre su familia (la anécdota que prefiero es esta: el poeta acude a una cena oficial, se lleva un libro de lectura que abre y lee tranquilamente mientras los demás comensales conversan, cuando sirven el primer plato, espárragos blancos, el poeta toma uno de los espárragos y lo coloca a modo de indicador en el libro que estaba leyendo, antes de ponerse a comer los demás espárragos), pero esta parece ser norma común en los poetas que imantan, con su malditismo, la atención de los adolescentes: al adolescente le interesa más en un poeta un personaje con el que un hábil guionista pudiera hacer una buena película, que los textos de ese poeta. Dado que los rockeros son, con independencia de la edad que tengan, unos adolescentes obsesivos, no es raro que Leopoldo María Panero sea el poeta favorito de los rockeros, y haya prestado algunos poemas para que los musiquen.

El último libro que me he comprado de Leopoldo María Panero —pues hay temporadas en las que decido serle fiel al adolescente que fui y caigo en esas tentaciones— es uno de prosas. Lo castiga quizás el título más ridículo de la literatura española: Papá, dame la mano que tengo miedo. En la cubierta, un Leopoldo María Panero con cara de ser el único damnificado por una catástrofe planetaria, sostiene entre las manos una calavera. La sensación es la de encontrarse ante una extraña combinación de diario de adolescente, bitácora de un loco y casa de citas de un lector que o no digiere bien sus consumos o lee solo para subrayar frases olímpicas. Es como si alguien hubiera barajado materiales de esas tres procedencias para iluminar un texto en el que igual te encuentras con un puñetazo lírico que con inverosímiles reivindicaciones criminales (como cuando se atribuye la muerte del poeta Luis Rosales). También mucho efugio púber que está en todos los cuadernos que llenábamos cuando éramos chiquillos: «Mi vida no merece el nombre de vida, no hay rastro en ella de lo que significa la palabra vida». También hay, naturalmente, decenas de definiciones de la palabra vida: casi todas escabrosas, ninguna de ellas convincente. Y cándidas preguntas cuyas respuestas abolirían el sentido del propio libro en el que las leemos: «¿pueden los hombres aprender de mis páginas la virtud del silencio?». Si no la ha aprendido ni el propio autor de la pregunta, es difícil que la aprendamos los demás.

Este libro de Leopoldo María Panero, desordenado y cansino, hubiera necesitado de unos aledaños más firmes que lo potenciaran, una introducción que nos lo presentara como un texto de interés clínico, quizás, un ensayo, no sobre la esquizofrenia que padece el poeta, sino sobre la enfermedad —espléndidamente reflejada en las comedias americanas de última hornada— de seguir siendo adolescente una vez alcanzada la edad adulta. La sensación es rara: como si anduviésemos por la orilla de una playa y nos llamasen la atención los gritos de alguien que se está ahogando, que nos pide que nos zambullamos para que lo salvemos. Pero ese alguien lleva un cuchillo en la mano, y en vez de limitarse a pedir socorro, dice cosas como «toda crítica del mundo debe realizarse a partir de un único golpe de estado, un golpe de estado permanente, el seminario de la blasfemia, permanente en la barra de los bares, la enseñanza del crimen y del horror…». Así que: ¿valdrá la pena zambullirse en las aguas para salvarlo?

2

Siendo un personaje tan visible de nuestro panorama cultural —lo que acaso contradiga su malditismo, si una de las fuerzas del malditismo es la de la invisibilidad solo quebrada por unas pocas, legendarias apariciones: las apariciones de un fantasma— Leopoldo María Panero se ha caracterizado por la absoluta imposibilidad de entrevistarlo, a pesar de las muchas entrevistas que ha concedido (durante una temporada era semanalmente entrevistado por Javier Sardá en un programa de televisión de máxima audiencia). Repasemos sus entrevistas: son un cúmulo de torpes verdades gigantescas, disparates pocas veces luminosos y referencias de los entrevistadores al número de coca-colas que se toma el poeta o al número de cigarrillos que enciende y fuma sin tirárselos a pecho. En esas entrevistas no es raro que Panero se adjudique un asesinato y recuerde que la CIA lo persigue. Curiosamente basta comparar algunas de las cosas que Panero dice en las entrevistas que concede con las que dice en sus poemas para admirarse de que a las preguntas de los entrevistadores suela contestar con versos suyos —o de otros— y tal vez en sus poemas lo que haga sea contestar a entrevistadores invisibles: cosas más raras se han visto. Se ha dicho, con tanta insistencia como escasa solvencia, que todo en la vida de Leopoldo María Panero es poético. Rara idea de lo poético esa que encierra en un manicomio al poeta y lo hace balbucear sus cándidas verdades de adolescente abandonado y aterrorizado: el poeta, sí, es un albatros que es libre en el aire sobre el mar pero en tierra no es más que un pelele, según la idea de Baudelaire, pero eso no implica que tenga que pasarse más tiempo en tierra que en el aire, a no ser que lo que le guste de veras sea ser un pelele.

Aquí tenemos el último libro de versos de Panero: se titula Escribir como escupir, y el título ya presta alas a la idea poética fundamental que rige los últimos ensayos de Panero: el arte de la blasfemia, que es, otra vez, la más adolescente de las artes. La palabra escatología es sugerentemente anfibológica, y se refiere tanto a las cosas del alma como a los productos del vientre. Panero es un poeta escatológico: su alma tiene el vientre suelto desde hace mucho, y su capacidad para la ofensa, si alguna vez resultó poderosa, hoy recuerda a la de esos púgiles vencidos a los que se les hace el favor de darle una nueva oportunidad para que hagan algo de bolsa y los enfrentan a un campeón que no va a tener piedad en borrarle los rasgos de la cara, y a pesar de eso, vemos al púgil derrotado de antemano clamar el día antes del combate: voy a destrozar a ese bocazas, y la gente se ríe de tales manifestaciones porque todos sabemos que no va a durar dos asaltos.

Cuando Panero se pone bocazas, da pena. Sí, claro que escribir es como escupir, y que el tiempo es un esputo, y hay cadáveres en nuestros ojos, y «suena un pedo en la página». El poema es un pedo, por supuesto, el grado más bajo de la música, si con eso es con lo que te conformas, si te parece que no hay acto más rebelde en este mundo que tirarse un pedo delante de unos cuantos. La esquizofrenia y la revelación mística son la misma cosa, nos dice Panero siguiendo al ya caduco Wilhem Reich: vale, decimos, pero eso no quiere decir que la revelación mística sea el peldaño más alto de la existencia humana, no hay una sola garantía de que la revelación mística amplíe el mundo de los sentidos o lo que se proponga sea precisamente anular un mundo que, por alguna razón, no le da suficiente a quien padece o disfruta de la revelación. Y desde luego no hay evidencia de que tenga duración, como sí parece claro que lo tiene la esquizofrenia: una revelación mística puede acaecernos en un viaje lisérgico, pero de ese viaje se regresa. No parece que sea tan fácil regresar de los predios de la esquizofrenia. En todo caso, ¿no es la esquizofrenia como la infancia, un territorio del que no pueden hablar quienes lo habitan, sino solo quienes consiguen salir de él? Desde dentro del territorio habla constantemente Panero, pero su poesía no es la de un esquizofrénico, sino la de un poeta de lengua suelta que se guarece de la imposibilidad de decir —«de lo que no se puede hablar, mejor es callarse», dice Wittgenstein en la cita con la que se abre el libro— en las palabras de probado prestigio poético. Veamos el poema «Caer»: «La cosa que yace entre los árboles / en la nada inscrita / Como el decir que cae al suelo / Enredado en la tumba donde sopla el viento / Árbol de donde cae el mono / Padre del hombre / Y del cual recogimos estos frutos malvendidos / Y el viento arranca nuestra carne / Y la palabra muerde los frutos / Mientras talamos el árbol de la ciencia / Y otra vez la palabra cae al suelo / Herida por la misma palabra / que canta el hombre de la boca cosida / Al viento que todo lo borra / al viento / y la cabeza borra toda existencia anterior / Como si el hombre o el mono / jamás hubieran existido».

He aquí la historia de la humanidad en unos cuantos versos, inscrita en la nada de la que procedemos y a la que vamos, impotentes de escarbar en el misterio —la boca cosida, la boca cosida—, defendiéndonos solo al borrar toda existencia anterior para que el pasado genere un yo verdadero, que no puede ser más falaz, pues sabe que se engaña. ¿Hay sabiduría en este poema? Más bien se diría producto de una entusiasmada depresión que se compensa a sí misma borrando de un plumazo todo lo que es, todo lo que ha sido. El sinsentido de existir obtiene en la poesía de Panero una espléndida victoria: el poeta le da sentido a ese sinsentido, lo da por bueno. La alquimia de sus versos ofrece un resultado paradójico: siendo tan destructivo, no se puede ser más conformista. Dando por buenos los personajes heredados, concediéndoles altura y verdad —Dios, la patria, ángeles y demonios— se acaba haciendo una poesía conformista que, no por tortuosa, resulta menos ineficiente.

Bien, ya he leído Escribir como escupir, no había en el libro nada para mí, pero voy a un recital de Leopoldo María Panero porque nunca he estado en uno y me han dicho que es un espectáculo que merece la pena. Es en una pequeña sala céntrica, y sí, el espectáculo merece la pena antes incluso de que el poeta llegue: el público asistente es el que merece la pena. Edad media: unos treinta y cinco años, a pesar de que es muy probable que no haya un solo asistente que tenga esa edad, lo que significa que hay gente que roza el medio siglo y gente que no llega a los veinte: adolescentes todos, sí, por lo menos en sus gustos poéticos. El poeta entra tambaleándose, se le abre una primera botella de coca-cola, se muestra impávido ante los halagos que le lanza el presentador, que dice cosas como «el único poeta verdadero que ha habido en España en los últimos cincuenta años» (lástima que no diga el nombre de otros poetas verdaderos de hace más de cincuenta años, para saber a qué se refiere por poeta verdadero), «un hombre perseguido hasta la náusea» (tampoco dice quién lo persigue), «alguien a quien no le darán nunca el premio Cervantes, aunque a tantos nos encantaría verle recoger ese premio y pronunciar ese discurso ante las autoridades». Comienza el recital —y ya van tres coca-colas—. Panero habla en otro idioma, un idioma aplastado, difícil de entender por buen oído que tengas, un idioma que acaso solo habla él y quizás ahí esté el quid de la cuestión. Será en vano que alguien, enfadado, desde las últimas filas, ganándose la bronca del público, exija al poeta que vocalice. Cuando el espectador enojado y protestón se ha marchado de la sala, Panero la emprende con él: es un agente de la CIA, lo ha venido persiguiendo toda la jornada, y ahora no podía soportar que la sala estuviese llena, se ha desenmascarado. Hay risas, claro, pero nadie se pregunta por qué este comentario de Panero ha sido perfectamente audible mientras no lo son sus versos. Vuelta a la lectura, son poemas breves que va leyendo en páginas mecanoscritas. De vez en vez entendemos alguna palabra, cazamos quizás alguna imagen. No hay apenas comentarios entre un texto y otro, y los que hay es mejor que no hubieran sido pronunciados, cosas del tipo, estas cosas las hago por el cheque, para comprar tabaco y sexo, en el manicomio hay ahora un negro que da muy bien por el culo, cosas así. Caca, culo, pedo, pis.

En el turno de preguntas un muchacho quiere saber quiénes son para Panero los grandes poetas de la modernidad. Panero recita una terna conmovedora: Hitler, Stalin, Osama Bin Laden. Los únicos que han entendido a Rimbaud. Aprovecha para decir que España debería dejar de llamarse España, su nombre idóneo es Guantánamo, en referencia a la cárcel cubana en la que los Estados Unidos encierra a los acusados de terrorismo sin ninguna garantía judicial. Otra mano se levanta. Otra pregunta se formula. Otra respuesta disparata. Hay risas. Un espectáculo patético.

3

¿Por qué Panero es tan prolífico? Es fácil responder: porque su poesía es fácil de hacer, de hecho es más fácil de escribir que de leer, pertenece a ese tipo de obras en las que el lector padece un nivel de exigencia mayor que el que ha padecido el autor. En los últimos cinco años ha publicado media docena de libros de poemas. Puedes tomar unos cuantos de uno e incrustarlos en cualquier momento de cualquiera de los otros: ninguno de los libros cambiará, ni aquel del que has retirado unos poemas ni aquel al que se los agregaste. No deja de ser curioso que hasta mediados de los ochenta Panero fuera un poeta bastante lento, y que en su bibliografía solo figurasen tres o cuatro libros, sin duda los momentos más altos de su producción: Last River Together, Narciso… Era entonces uno de los nombres fundamentales del grupo novísimo, había ayudado a traer a la poesía española los aires cosmopolitas del culturalismo. Enamorados de Venecia, el grupo novísimo no tardó en hacer aguas. Bastó que se le adjuntaran decenas de poetas intercambiables. Pero eso pasa siempre con todos los movimientos poéticos que dan un golpe en el status quo. Dejaron unos cuantos libros inevitables: Dibujo de la Muerte, de Carnero; Arde el Mar, de Gimferrer; Hymnica, de Luis Antonio de Villena; Narciso, de Leopoldo María Panero; Sepulcro en Tarquinia, de Antonio Colinas. Pero mientras todos los poetas de ese grupo supieron labrarse caminos distintos sin recurrir a la repetición, apenas hay clara evolución en la poesía de Panero. Hagan la prueba. Incrusten unos cuantos poemas de Escribir como escupir o de Golem, en Last River Together o Teoría.

En su estudio sobre Pessoa, Octavio Paz soltó este magnífico eslogan: los poetas no tienen biografía. Pudo haber sido más tímido, haberlo dejado en algunos poetas, o selectivo, pudo haber dicho los grandes poetas. Pero no: para Paz, ser poeta implicaba carecer de biografía. Dado que el poeta solo está en la poesía que ha escrito, y en ella, la biografía puede haber sido un surtidor de imágenes o anécdotas, pero no una analista capacitada para explicar el hecho mágico del poema. Pues bien, sin biografía, qué sería de la poesía de Leopoldo María Panero —y la de tantos otros, eso sí—. Digamos que la obra y la vida de Panero son un eficiente desmentido del eslogan de Paz. He aquí a un poeta que no solo tiene biografía, sino que además lo más importante de su obra se empeña en ser sus hechos biográficos. De ellos han dado cuentas un libro de memorias —escrito por su madre— dos películas —dirigidas por Jaime Chávarri y Ricardo Franco— y una biografía escrita por Benito Fernández y titulada El contorno del abismo. Detengámonos en esta. Está llena de culpables. Desde bien pronto el poeta —que es poeta desde bien pronto, pues ya a los pocos años es capaz de escribir algunos versos siniestros— es un perseguido. Se diría que el mundo es una gran conspiración que no tiene otra tarea que la de volverlo loco, aplastarlo, humillarlo, con un sadismo constante. El padre, poeta, falangista y borracho; la madre, policía sentimental, mujer incapacitada para ser feliz y para liberarse, el hermano mayor, un bobo metafísico, un vividor de pacotilla. Todo empuja a Leopoldo María Panero a zambullirse en las aguas de la locura para salvarse, aunque salvarse signifique pasarse la vida ahogándose: mejor estar allí en alta mar, ahogándose, que en tierra firme con esa panda de perseguidores. Queda claro en el libro de Benito Fernández que hay poetas que no solo tienen biografía, sino que no serían gran cosa sin la biografía que da sustento a sus obras. Son los poetas legendarios: de ellos puede no quedar un solo poema, que seguirán siendo grandes personajes porque se atrevieron a hacer eso que se llama melifluamente «una vida poética». Lo que necesitan estos poetas no son lectores sino biógrafos: digamos que su obra poética es el pasaporte necesario para que alguien emprenda la biografía que hará innecesaria la obra poética que se presentó como pasaporte, y en la que, sí, hay golpes poéticos de vez en cuando que confirman la presencia de un talento que, de cualquier modo, no es lo suficientemente potente como para saber prescindir de los horrores y abismos tan atractivos de la biografía que produjo esos golpes poéticos.

Volvamos a la foto. Ahí está Panero con su cuchillo. Personaje inolvidable, poeta furioso y adolescente cuya furia no ha sido mermada por los años, pero sí su capacidad para trascenderla y cosechar algo más que blasfemias dolientes, estilizadas maldiciones, suculentos dislates. Nadie pone en duda que es por méritos propios uno de los episodios imprescindibles de la literatura española del siglo xx. Quien quiera nadar en pos de su obra y su cuchillo, póngase una escafandra de buzo y prepárese a surcar las viscosas aguas de la adolescencia en la que tanto nos gustaban los malditos. ■ ■


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