Autor: 6 enero 2009

Antonio Rivero Taravillo

Poco es lo que sabemos, aún hoy, de Serafín Fernández Ferro, el joven gallego que robó el corazón a Luis Cernuda y le inspiró uno de los mejores poemarios de su primera época, Donde habite el olvido. Y, sin embargo, ya hay un buen número de datos, dispersos aquí y allá, que juntos permiten alcanzar una imagen más o menos fiel de aquel muchacho que también llegó él mismo a componer poesía y que tras alternar con varios miembros de la Generación del 27 y luchar en la guerra civil, y ser actor en Sierra de Teruel, la película de André Malraux en la que colaboró Max Aub, se trasladó a México a llevar una vida oscura y relativamente pronto truncada. Las siguientes páginas son el ordenado acopio de todas esas informaciones fragmentarias, en parte recopiladas en 1999 por Miguel Longo Fermoso, más la incorporación de investigaciones recientes entre las que se incluyen las realizadas por el periodista mexicano Antonio Bertrán, que ya ocupó hace pocos años la atención de los estudios cernudianos al localizar en la Guadalajara de Jalisco al amor crepuscular de Cernuda, el culturista Salvador, protagonista mudo de «Poemas para un cuerpo». Son, en definitiva, los capítulos, aún en el aire, de lo que podría dar para una sugerente novela.

A diferencia de Cernuda, que se quitaba años por coquetería, Serafín se añadía años en su etapa madrileña para no revelar lo muy joven que era y ser aceptado en los círculos que frecuentaba. Esto explica que Carlos Morla Lynch lo llame recurrentemente niño. Si se creía que fue alumbrado en 1912, lo cierto es que no nació hasta el 12 de agosto de 1914, según consta en su inscripción en el Registro de Extranjeros del Servicio de Inmigración mexicano (1914 es el año que también aparece como de nacimiento en su lápida del Panteón Jardín mexicano). Su ficha biográfica en el Arquivo da Inmigración Galega lo hace ver la luz en el municipio coruñés de Sada, «en el seno de una familia numerosa proclive al anarquismo». Sin embargo, Ernesto Guerra da Cal, que lo trató mucho, recordaba que había nacido en el barrio de Monelos (por entonces perteneciente al municipio de Oza), en las afueras de la ciudad de La Coruña.

Al finalizar los estudios primarios, Serafín marchó a Madrid, donde ya vivían dos hermanos mayores que él, Amadeo y José, instaladores electricistas especializados en la instalación de anuncios luminosos en lo alto de los edificios. «Aún recuerdo cómo me contaba su terror, subido en aquellas alturas —él que sufría vértigo— sin ninguna sujeción, manejando herramientas metálicas que le congelaban las manos en el intenso frío del crudo invierno madrileño y eran brasa viva en el arrasador verano», cuenta Guerra. Estos hermanos suyos eran activos militantes de la CNT y la FAI, y le contagiaron la ideología libertaria. Autodidacta, leyó con pasión los clásicos del anarcosindicalismo (Bakunin, Proudhon, etcétera), y por lo que respecta a los textos literarios, a Whitman (Hojas de hierba) y a Lautréamont (Cantos de Maldoror); entre los paisanos suyos, leyó a Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Pondal y Amado Carvalho. Durante un período también devoró los tomos de una enciclopedia hispanoamericana (¿el Espasa?) que vendía para ganarse la vida, volúmenes de los que extraía raros conocimientos de las más insospechadas materias.

Rafael Martínez Nadal ha contado cómo una noche de 1931, en un garito madrileño, El Universal, un muchacho gallego, guapo, sin dinero y desempleado, que había llegado andando desde su tierra, pidió a García Lorca, que tomaba café con coñac, que le invitara a un pepito de ternera porque hacía mucho tiempo que no comía. Parece ser que el chico, Serafín, se insinuó a Lorca, pero este le invitó al bocadillo sin otras intenciones, rechazando el ofrecimiento carnal. «Es casi un niño y ya ha probado el lado más amargo de la vida», le dijo Lorca a Martínez Nadal la mañana siguiente. Entonces Lorca, al parecer, pensó en dos amigos a los que podría interesar tener trato con el chico: uno fue Aleixandre, y el otro Cernuda. Aleixandre contó a Luis Antonio de Villena que no quiso nada con el muchacho, pues «no tenía especial simpatía por la prostitución. Entonces —en casa de Aleixandre y con Serafín al lado— Federico redactó un billetito que le dio al joven para Luis». No concierta del todo esta versión de Aleixandre con la de Martínez Nadal, que cuenta que Lorca le dio varias cartas de presentación con la idea de conseguirle trabajo y que aprendiese un oficio. Así, una de las cartas era para Altolaguirre y Concha Méndez (que, efectivamente, llegaron a colocarlo en su pequeña imprenta). Y con las cartas, y «unos durillos» para ayudarlo los primeros días, Serafín fue a buscar a sus protectores. La nota que envió Lorca a Cernuda incluía la críptica frase «he estado luchando con tres plumas» (¿alusión a la propuesta de relación con el muchacho?).

Afortunadamente, en fecha reciente rescatados (pero solo en parte), los diarios de Morla son una rica fuente de información sobre Serafín. Esta es la descripción que proporciona del muchacho el primer tomo de ellos, En España con Federico García Lorca: «Pienso nuevamente, mientras lo observo, en la bonanza que significa en este mundo poseer lo que yo llamo una fisonomía favorable. El chico la tiene en grado sumo, chispeante, simpática y agraciada. Pequeño de estatura, pero proporcionado, de cabellera ondulada y de tez ligeramente broncínea, tiene esa expresión, entre risueña y dolorida, propia de los adolescentes que acaban de atravesar por una infancia triste. No es un muchacho todavía, pero ya es algo más que un chiquillo: un Juan Bautista de la época en que Jesús era niño… Me conmueve en él esa tristeza indefinida que contrasta con su extremada juventud». En aquel momento, el chico tenía diecisiete años, uno menos de lo que pensaba Morla.

Cernuda se enamoró perdidamente de Serafín, y parece que lo llevó a vivir consigo, quedando huella de esta relación en el torrencial Los placeres prohibidos. Además de constituir la inspiración general del libro, le dedicó «Como leve sonido» (dedicatoria luego suprimida), poema fechado el 23 de abril de 1931 y publicado en el número 1 de Héroe (1932), revista que comenzó a imprimirse en el cuarto de Altolaguirre en el Hotel Aragón, en la calle de Núñez de Arce, habitación por la que pasaban Cernuda, Aleixandre y otros. Muy valioso es en el esclarecimiento de todo esto la edición facsimilar del poemario, donde, como anota Francisco Chica, en la parte superior del texto, tachado inicialmente y después borrado, figuraba de puño y letra de Cernuda «A Serafín Ferro». La dedicatoria se mantuvo en Héroe pero desapareció en ediciones posteriores.

Bastaría este dato de la fecha para confirmar que Ferro es el destinatario de los poemas de Los placeres prohibidos, a pesar de que tanto Francisco Chica como James Valender, tras primero abrazar esta posibilidad, la descartaron de seguido. La fecha de composición de «Como leve sonido» y su dedicatoria a Serafín contradicen lo que sostiene Valender cuando en el Álbum dedicado al poeta anota: «Una nueva interpretación de los datos disponibles parece indicar que Cernuda no conoció a Fernández Ferro sino hasta septiembre de 1931, es decir, hasta varios meses después de terminada la redacción de Los placeres prohibidos». Es cierto que, sosteniendo esta otra tesis, Cernuda comunica a Gerardo Diego su nuevo domicilio de Lope de Rueda, 11, el 14 de septiembre de 1931, y que el billete que Lorca le dirige tiene precisamente la dirección de Lope de Rueda, por lo que no es nada descabellado proponer la fecha de septiembre u octubre en vez de la genérica de «primavera» de 1931, como señalara Andrew A. Anderson en el Epistolario completo de Lorca al datar la carta de presentación. Bien pudo ser, entonces, que «Como leve sonido» ya estuviera escrito antes de ser dedicado al joven coruñés.

Avalando la fecha de septiembre u octubre de 1931, está la siguiente frase del relato «Sombras en el salón», en el que, como veremos, Cernuda parece referirse a su relación con Serafín, travestido en el relato con el nombre de Paloma: «El recuerdo súbito del cuerpo de Paloma, emergiendo desnudo al borde del lecho, tal como le apareció por primera vez en una tarde del último otoño». Cuando el relato sucede es, puede ser, en aquellos meses de desa­mor de «abril o mayo», pues se nos habla de «lluvia primaveral», coincidiendo con el texto de Ocnos que evoca esa angustia que se apoderó de Cernuda.

En «Sombras en el salón», de 1937, Cernuda reflejó una atmósfera parecida a la del salón literario de Carlos Morla, en el que no solo se debaten cuestiones literarias y estéticas, sino las querellas y conflictos del corazón: amor, celos desengaños, desdenes… Difícil no ver en el personaje Lelio y en su amada Paloma a Cernuda y Serafín con otros ropajes. Así, Olvido dirá de Lelio algo que Cernuda estaría harto de oír una y otra vez aquellos años: «Es sorprendente; Lelio casi nunca tiene un céntimo y miradle qué elegante va». En cuanto a los sentimientos de Lelio/Cernuda, el autor del relato observa sobre el efecto destructor de los celos: «En el fondo de aquella confusión, en el último círculo de su alma, sentía bullir oscuramente la atracción del engaño, que tal encono da al amor, precisamente porque al saber que la criatura deseada se burla de nosotros, buscamos sobre su cuerpo no solo la satisfacción del placer, sino la odiosa huella ajena que azuza la pasión, en un giro infernal».

Lo llamará Paloma (conservando las alas que hacen al ángel) porque ni quiere desvelar del todo su alma ni puede reincidir en el amor uránico en esas páginas que le acogen de Hora de España y que ya había visto la censura de la estrofa en que se hablaba de los mancebos amados por Lorca en la elegía a este dedicada, pero es evidente que se trata de Serafín, al que en otro lugar llamara «mi arcángel».

La fase final del amor de Lelio/Cernuda y Paloma/Serafín queda, pues, recogida en este relato crepuscular y acerbo, escrito ya en plena guerra civil. Se trata de un alejamiento sin desapa­rición. El primero (Cernuda/Lelio) recuerda, en cita larga pero muy ilustrativa del sentimiento que lo embargaba durante su relación con aquel «ángel terrible» que apareció en su vida como casi un mendigo:

Había encontrado a Paloma casi en la calle, conocida de todos estos amigos, a quienes aburría. Aún recordaba aquellos viejos zapatos que ella llevaba entonces y uno de los cuales él tuvo varios días sobre su mesa, entre libros y papeles, al lado de un ramo de violetas tempranas, hasta que Paloma se lo arrebató; no quería tenerlo a su lado por fetichismo, sino para memoria del remordimiento que le asaltó al ver tal criatura calzada con aquellas viejas lanchas. Bastó el interés que los amigos vieron despertarse en Lelio para que Paloma adquiriese a los ojos de todos ellos el valor de un preciado objeto; parecían buscarla, no por su rara hermosura, sino por aquella otra sentimental que emanaba ya en virtud del amor, de la confiada ternura que despertó en su nuevo amante.

Y a continuación:

Para este pasaron aquellos días sin pesar ni hastío, redondos, perfectos, preciosos como una perla sobre la cual juega la luz en irisados cambiantes. Las primeras discusiones, las primeras lágrimas, un poco tristes entonces, eran dulces ahora, cuando las recordaba en su actual dolor; fueron sin embargo aves de mal agüero, anunciadoras de esta pena entre la cual se debatía. Poco a poco vio Lelio transformarse aquella mujer que como nuevo Prometeo había creado con su espíritu y para la que había robado de este una parte de fuego celeste, en una alimaña hostil, mientras él se quedaba solitario frente a una imagen inexistente. Y lo peor era que su amor estaba preso en el cuerpo de esa criatura, a la cual tan igualmente imposible le era ya estimar como apartar de su deseo, más poderoso ahora, cuando ninguna ternura podía iluminarlo.

Terribles últimas líneas que radiografían su sentimiento. La escena se desarrolla en una casa que, como la de Morla, se encuentra frente a una calle junto a la que se reúnen acacias, y en ella hay un piano, y personajes tras los que, arañando un poco, podemos descubrir a Lorca y otros amigos de entonces.

Martínez Nadal nos transmite un recuerdo que coincide con las fechas de «Aprendiendo olvido», poema de Ocnos en que Cernuda evoca la tormentosa relación con Serafín:

En la primavera del 32 el muchacho debió separarse amistosamente del poeta. Aquellos meses de abril y mayo vimos un Cernuda más solo y solitario que de costumbre. Sufría en silencio la pérdida de aquella compañía, la turbación que le producía encontrar al chico sentado en tertulias de cafés con otros amigos del poeta, el rubor que le causaban las muestras de amistad y afecto que con la mayor naturalidad le prodigaba el muchacho cuando se encontraban en público; la vergüenza de las humillaciones en que celos y deseos le hacían incurrir.

Como veíamos, el mismo poeta escribirá en Ocnos sobre esa experiencia, refiriéndose a la casa de Morla Lynch y su mujer Bebé, centro de tantas tertulias de la Generación del 27, en la calle de Alfonso XII, 48 (cuarto o quinto piso con vistas al parque):

Noches de abril y mayo, a primera hora, costeando la verja del Retiro, subías aquella calle silenciosa, por donde espaciadas a lo largo de una y otra acera formaban avenidas las acacias. Con las lluvias allí frecuentes en tal época del año, sus flores mojadas, caídas, holladas, despedían una fragancia que impregnaba el aire todo, asociándola tu imaginación a cuanta blancura contrastaba la oscuridad: los pétalos por el suelo, los focos entre el ramaje, los astros en el espacio.

Subías a la casa, entrabas en el salón (lámparas veladas, voces conocidas, piano cuyo teclado pulsaba lánguida una mano), deseando tanto la presencia como la ausencia de un ser, pretexto profundo de tu existencia entonces. Para tu obsesión amorosa era imposible la máscara; mas la trivialidad mundana, pues que debías acompasarte a ella, actuaba como una disciplina, y por serlo aliviaba unos instantes el tormento de la pasión enconada, punzando hora tras hora, día tras día, allá en tu mente.

Y sonreías, conversabas, ¿de qué?, ¿con quién?, como otro cualquiera, aunque dentro de poco tuvieras que encerrarte en una habitación, tendido contigo a solas en un lecho, revolviendo por la memoria los episodios de aquel amor sórdido y lamentable, sin calma para reposar la noche, sin fuerza para afrontar el día. Ello existía y te aguardaba, ni siquiera fuera sino dentro de ti, adonde tú no querías mirar, como incurable mal físico que la tregua adormece sin que por eso salga de nosotros.

Martínez Nadal recordará cómo una noche la anfitriona lo llevó de forma disimulada a ese balcón que daba al parque para advertirle de que alguien había visto a Cernuda, que llevaba más de una hora apostado entre los árboles para ver si llegaba o salía Serafín, quien ya llevaba dos o tres horas en la casa. Ya al final de su vida, el poeta sevillano calificó a esa relación como «sórdida», y añade: «en ella mi reacción había sido demasiado cándida y demasiado cobarde».

Unos meses después, del 28 de octubre al 3 de noviembre de 1932 Cernuda participa con el Museo del Pueblo en la visita a Cifuentes (Guadalajara), adonde lo acompaña Serafín —no dejará de verlo, aunque la relación ya no tenga futuro—, con quien se retrata ante el castillo y en el río, en fotografías tomadas por Ramón Gaya. El pintor murciano dibujó también a carboncillo y a color al joven, y también lo retrató José Moreno Villa.

Ya hemos visto que Serafín llegó a escribir versos él mismo («Enamorado de nadie», en castellano, y «Noite» y «Nouturnio de membranza» en gallego, poema este dedicado a Gil-Albert que apareció en la revista Nova Galiza, de Barcelona, en junio-julio de 1938), y Xesús Alonso Montero considera que podría haber ayudado lingüísticamente a Lorca, con Guerra da Cal, a componer alguno de sus Poemas galegos, concretamente «Madrigal a cibdá de Santiago». Eduardo Blanco-Amor contó en una entrevista a Carlos Casares que Serafín estaba en la tertulia de Lorca un día que un gallego recitó poemas de Pondal ante el andaluz, para admiración de este, que quedó entusiasmado. ¿Qué relación tuvieron Lorca y Serafín? Según Montero, «foron amantes, quizais circunstanciais». Ernesto Guerra da Cal y Serafín llevaron muchas veces a Lorca a la tertulia galleguista del Café Regina, en la calle de Alcalá, por donde pasaban Otero Pedrayo, Castelao, Antón Vilar Ponte, Suárez Picallo, Eduardo Blanco-Amor y Ramón Cabanillas. Guerra da Cal lo recordó muchos años después «pequeño y fuerte y de una gran valentía moral y física, no sin cierta agresividad, que a veces no conseguía dominar». También refiere que componía frecuentemente versos, siempre en gallego, que rara vez ponía por escrito, y cuando esto hacía los garabateaba en papeles que luego ineludiblemente perdía. «De gracioso gesto y voz dulce», lo describió Lorca, que también señaló su «sonrisa leonardesca». Y a propósito de este calificativo: Blanco-Amor, que como Cernuda estuvo enamorado de Serafín (al que le llevaba diecisiete años), narra cómo un día hablando con Guerra da Cal sobre la futura representación de Así que pasen cinco años, de Lorca,

Mete baza serafín Ferro: veinte años, coruñés, menudo, belleza popular, golfantillo intelectualizado con aire de elfo rizado y moreno, cuyo breviario eran los Cantos de Maldoror de Léautremont; de relación honda y contrariada con Luis Cernuda, en la que uno figuró sospechado de interpósito y celos del aire, sin comerlo ni beberlo, lo juro… Serafín, que era hombre de «salidas» y de abruptas conclusiones, como todo lector de un único libro, va y dice como razón última: «Lo definitivo que tienes para hacer ese papel es la sonrisa leonardesca». Alarmadísimo (estábamos en un bar de juntanza que se llamaba La Ballena Alegre), me fui al excusado para comprobar la sonrisa en el espejo, y no me salió, y así se lo dije. Serafín se metió en una de esas explicaciones laberínticas, propias de gallegos, para ilustrarme sobre que ese tipo de sonrisas no se pueden provocar si no obedecen a «estados de alma»; y que un retrete público no era lugar adecuado, y que si lo era, la morbosidad del sujeto quedaba patente y en una sola dirección por tratarse de un sitio para hombres y de uso simultáneo, con hedores turbios, sus incitaciones pintadas o escritas y sus tentaciones de voyeurisme propias de todo varón.

En abril de 1932, Serafín ya trabajaba en la imprenta de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez como linotipista, y al mes siguiente aparece por primera vez en el salón de Morla. El chico hizo vida social con el grupo. Una noche de mediados de mayo de 1932 se van Lorca, Morla, Cernuda y Serafín después de cenar a las zarzuelas Los granujas y La fiesta de San Isidro, y al día siguiente van los mismos, más Rafael Martínez, a La verbena de la Paloma y La Revoltosa. Discuten sobre música, pero «Luis Cernuda, entre tanto, permanece como ausente en su asiento, mudo, tristón y pensativo; preso de sus papillons noir». Ya debe de estar deshaciéndose su relación con el joven gallego, de ahí su aspecto taciturno y sombrío. Después, a la una de la noche, van al muy animado Café Lyon d’Or, en la Calle de Alcalá, lugar de reunión de bohemios, intelectuales y políticos de diferentes tendencias. Allí se encuentran con varios de ellos, entre otros Pancho Cossío y el gallego Eugenio Montes. Montes frecuentaba el lugar, entre otras cosas porque en su sótano se celebraban las tertulias de La Ballena Alegre, a la que asistían de manera regular Pedro Mourlane, Sánchez Mazas, Foxá, Samuel Ros, Luys Santa Marina, Dionisio Ridruejo, Jacinto Miquelarena, José María Alfaro, el citado Cossío (jonsista de primera hora) y José Antonio Primo de Rivera, fundador al año siguiente de Falange Española.

Polifacético Serafín, también cantaba: el 27 de junio llama a casa de Morla para anunciar que después de la cena se pasará a cantar tangos. Dice Morla: «No tenía ni idea de que cantara y es una revelación para mí. Canta sin acompañamiento y transmite una gran emoción. He de acompañar al piano sus cantares y después, quizás haga canciones para él» (el chileno musicaría, efectivamente, textos de diversos poetas, entre ellos uno de Serafín, «Enamorado de nadie», y Bebé, su mujer, los cantaba al piano en las veladas de las que hacían de anfitriones). Y luego añade: «Noto al niño Serafín como pensativo y cabizbajo. Me acerco a él. —Me da pena tu casa —me dice—, porque me doy cuenta después, cuando me voy, de lo triste que es no tener hogar».

Para alegrarlo, y cuando se va, le regala un paquete de cigarrillos y dos corbatas. Es una semana después de la excursión a Cifuentes. Un picaruelo de ojillos negros, mendicante y mendaz, figura grácil que interesa y conmueve, con fobia a la oscuridad y necesitado de luz, Serafín inspira ternura en unos, y en otros, como en el caso de Cernuda, esta se acibara con el deseo. Así lo ve Morla:

Me conmueve en él esa tristeza indefinida que contrasta con su extremada juventud, y, preocupado por su aislamiento, abandono por un momento el torneo de alta filosofía que se ventila en el salón para conversar un rato con él. Ha sufrido tanto ya. Ha pasado hambres y toda clase de penurias. Sus padres son humildes, sanos y buenos, pero de recursos escasos, y son catorce hermanos, con los cuales el chiquillo poco se aviene. Se ha ido, pues, de la casa para, con un bulto menos —dice— aliviar a los demás.

Lo de los catorce hermanos, extremo que no hemos comprobado, añade un tono de pedigüeño con cartela frente a iglesia. Pero ya García Lorca le dijo a Morla, enternecido por el relato del muchacho, que le creyera solo la mitad «y luego le agregas un poco de indulgencia y buena voluntad».

A Cernuda le pedía dinero y sabía cómo manipular sus sentimientos. Pero el poeta de Donde habite el olvido sintió irresistibles celos y aproximadamente un año después de iniciada la relación se produjo la ruptura, no sin antes tener lugar varios episodios virulentos, como cuando Cernuda echó a Serafín de su casa solo porque este había usado su cepillo de dientes (según confesó a Luis Antonio de Villena Ricardo Gullón, que supo del episodio por boca del muchacho). Ya el primer poema del libro alude oblicuamente a Serafín, nombre de arcángel como quedará más explícito en el decimotercer poema, titulado precisamente así, «Mi arcángel». En este poema i de la serie, leemos:

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

El mismo leit-motiv comparece en el poema ii, donde se invoca al «Ángel, demonio, suelo de un amor soñado», y en otros que le siguen, como el xii, «Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara», llegando a identificarse el propio Cernuda con el ángel caído, como en el célebre arranque del x:

Bajo el anochecer inmenso,

bajo la lluvia desatada, iba

como un ángel que arrojan

de aquel edén nativo.

Será el xiii, único que lleva epígrafe o título en la serie numérica (con excepción del colocado a modo de epílogo, «Los fantasmas del deseo»), el poema que más claramente se dirija a Serafín: el citado «Mi arcángel». El 21 de junio de 1932, ya rota la relación, el muchacho envió al poeta una tarjeta postal en la que le desea: «Que seas feliz para siempre. En el día de tu santo me acuerdo de ti, como siempre me he acordado». Ese «que seas feliz para siempre» es sin duda una bienintencionada despedida.

Años después de su relación, Cernuda lo seguirá recordando con devoción, preguntará por él a los amigos, y el chico le recordará a las figuras del Partenón cuando visite el Museo Británico, y le dedicará un recuerdo muy especial en «Apologia pro vita sua» de Como quien espera el alba, donde entre otros amantes, se dirigirá especialmente a él:

Primero vienes tú, dame la mano, Arcángel,

porque ya no conozco si te amaba o te odiaba,

y perdón es ahora lo único que importa,

antes de que a mi alma la destrone el olvido,

cuyos pasos se acercan, rotos al fin muros y centinelas.

Si el amor no es un nombre, una experiencia inútil de los labios

(así los dedos clavan un ala transparente

tras el cristal curioso de algún laboratorio),

yo creo que te he amado. Mas eso ya no importa.

Cernuda sufrió con Serafín, pues este era bisexual y, según de Villena, receptor de confidencias del ambiente homosexual madrileño, el chico prefería a las mujeres. De hecho, durante su estancia madrileña el joven gallego, que se cuenta que se malganó la vida vendiendo pólizas de seguros libros y publicidad, así como realizando búsquedas de hemeroteca para «un figurón republicano», llegó a vivir en 1933 con una lucense llamada Catuxa, guapa y casi analfabeta, en un cubil cerca de la plaza de la Cebada: una habitación con una puerta y un ventanuco que daban a una lóbrega galería. El cuarto estaba decorado con una reproducción de «El Jardín de las Delicias» del Bosco. «¿Qué te parece la vista que tenemos? ¡Y sin salir de la cama!», le dijo Serafín a Guerra da Cal una vez que este lo visitó. En la habitación, sin apenas mobiliario, había dos maletas rebosantes de libros.

Cuando en 1934 la editorial Signo publica Donde habite el olvido, nadie reparó en el verdadero significado de la «S» en forma de serpiente que como un tatuaje aparecía en su contraportada, postrer gesto de despedida, en letra impresa, a quien había sido el inspirador de esos versos, «serpiente que llevo hace tiempo enroscada a mi corazón». El detalle volverá a repetirse (ahora con la letra capital en rojo y siguiendo un estilizado diseño de Ramón Gaya) en 1936, al frente de la sección, cuando el libro quede integrado en La realidad y el deseo. En carta a Gregorio Prieto de 21 de noviembre de 1941, Cernuda se refiere a la nueva edición de su poesía reunida aparecida en México en 1940, y anota: «La serpiente que te intriga es algo misterioso, e ignorado por todos su sentido. Lo único que puedo decir es que su sitio es dentro del libro, al frente de Donde habite el olvido, y que si la han repetido en la cubierta y en la portada es sin saberlo yo, que no lo hubiera autorizado». No parece haber lugar para el olvido: además de la citada S que de un solo libro pasará a presidir toda La realidad y el deseo al acabar la guerra, Cernuda aún sigue teniendo presente a su joven amor.

Recuerdos y olvidos… En fecha reciente hemos sabido que las nietas de Morla han destruido un puñado de cartas de Cernuda en las que adivinamos datos de la relación con el joven coruñés y confidencias que podrían demostrar no ya un triángulo, sino todo un polígono amoroso tejido alrededor de Serafín, del que también formarían parte el propio Morla, Lorca, Blanco-Amor y, quizá, Guerra da Cal. De este escribiría en 1961 Cernuda: «Es sorprendente la animosidad que me tienen en nuestra tierra. Por Carlos Otero me enteré de las cosas ignominiosas que de mí dijo el tipo Guerra (o Da Cal, como se titula ahora) a aquella chica griega que fue alumna mía en Los Ángeles el año 60 y de la que te hablé. A la muchacha le sorprendió que yo no le dijera palabra de ese tipo, en dos meses que la traté, y que el mismo le dijera tantos horrores en cinco minutos. Ya sé que lo hizo porque temía que yo la hubiese enterado de cosas (ya supones cuáles) que quiere bien guardadas». Aún en su artículo de 1985 «Quem foi Serafim Ferro. Evocaçoem e testemunho», como queriendo protegerlo de no se sabe bien qué, Guerra se queja de la falsedad de la «supuesta» amistad entre Serafín y Cernuda, y afirma que el diario de Morla está lleno de «maledicencias, algunas francamente calumniosas». ¿Pero a qué negarlo? De la correspondencia perdida y sus secretos de alcoba, escribió Andrés Trapiello en su prólogo a España sufre: «Tenemos noticia de ello por unas cartas de Cernuda a Morla, que desaparecieron hechas pedazos como los Budas de Bamiyán y en las que el primero, al parecer, le hacía celestino al segundo de unos celos rabiosos por Serafín».

De vez en cuando Serafín desaparecía, y poniendo en práctica su acracia, viajaba de polizón en primera clase en el rápido, yendo a visitar a sus padres, ya mayores, a La Coruña. Es difícil deslindar en él la realidad de lo fabuloso, pero una vez contó a Guerra da Cal que en un viaje de regreso, naturalmente sin billete, había estado huyendo del revisor y había viajado más de dos horas en mitad de la noche sobre el techo de un vagón por la glacial estepa leonesa.

Contra el Estado y la Iglesia, estaba también contra toda forma de totalitarismo, incluido el comunismo. Una vez, en 1934 gritó a unos miembros de las juventudes comunistas frase tan políticamente incorrecta como: «El marxismo es el opio del pueblo». Se armó un gran revuelo y acabaron Serafín y Guerra da Cal, su acompañante, en la comisaría, tras un intercambio de golpes. Luego, ese mismo año, realizando el servicio militar, Serafín estuvo destinado en el Regimiento de Infantería n.º 3 de Oviedo durante la revolución de Asturias. «Junto a todos sus compañeros se ha batido valientemente. Lo veo triste y descuidado, pero tengo gusto de verlo…», escribe Morla en diciembre de 1934. El 5 de ese mes, entonces bien peinado y afeitado, acude a casa de Morla, y todos lo encuentran simpático y con «cielo». Delia del Carril, la amante de Neruda, se enreda con él en una conversación sobre el comunismo. En mayo de 1935, Morla escribió al coronel jefe del regimiento en que sirvió Serafín. «Expuso su vida el chico a pesar de que no mató a ningún rebelde y tiene derecho a la cuota de doscientas cincuenta pesetas de suscripción anual. Hoy, por fin, ha contestado el coronel que Serafín está incluido en las listas. He pedido que me envíen el dinero a mí, ya que el chico es un vagabundo empedernido, sin domicilio…»

Extraño personaje, tan atractivo en sus rasgos biográficos como suponemos que en cuerpo y figura, asistió a representaciones de teatro de La Barraca y del Club Anfistora, dirigido por Pura de Ucelay. En esta aproximación a los ambientes teatrales compartió su interés con Andrés Mejuto (coruñés como él y que participará con él en Sierra de Teruel). En 1935, Serafín regresó a La Coruña y desarrolló una intensa labor teatral, ya iniciada en Madrid. Se relaciona con Álvaro de las Casas y otros autores galleguistas, y en julio de 1935 publica en la revista Nós su poema «Noite», un breve romance con ecos lorquianos y románticos. Dirige también el grupo de teatro Keltya. Si no en sus sueños o en sus libros, Cernuda lo tendrá al menos lejos físicamente durante este tiempo que el joven pasa en La Coruña, donde lo sorprenderá la guerra civil. Como hemos visto, Cernuda y Serafín volvieron a encontrarse en algunas ocasiones, finalizada ya su relación. Así sucedió, por ejemplo, en una concurrida cena en casa de Morla en 1935, a la que va por primera vez Aleixandre.

Es muy probable que entre 1935 y 1936 pasar seis meses en Lisboa, como se deduce de la documentación que sobre él se conserva en México.

El 2 de julio de 1936 se publicó en El Pueblo Gallego de Vigo que el grupo Keltya estaba a punto de emprender su andadura en La Coruña, y ya tenía ensayadas O país da saudade (The Land of Heart’s Desire) de Yeats, Nouturnio de terra e morte, de Antón Villar Ponte, y Matria, de Álvaro de las Casas. Pero entonces llegó la guerra civil y comenzó un drama bien distinto. De ello nos ocuparemos en una segunda entrega. ■ ■


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